Los primeros días de 2010 han resultado tan animados como los últimos de diciembre. Se mantuvo la continuidad en la línea color naranja y de espíritu positivo que comenzara tímidamente en el 2009, fue creciendo a lo largo de los meses, y traspasó la frontera interanual con paso decidido y firme. 

Despedí el año sin demasiada fiesta, en familia, con los ritos de costumbre, sobrellevando salpicados instantes de tristeza, recordando mucho, a muchos, y confiando -no sin cierto temor- en aquello que me deparará este año que acaba de arrancar, esperando que sea bueno, soñando en que se cumplan las ilusiones y se cubran las carencias...

Aunque tomé las uvas con la península tuve ocasión de ver más tarde las campanadas canarias, que este año retransmitieron desde el faro de Maspalomas donde veraneé el año pasado. En una noche como esa, le quise pillar el rollo simbólico.  

Para iniciar con alegría un año nada mejor que un buen montón de regalos, los que me encanta hacer, y los que recibo encantado por Reyes. Debí ser un niño muy bueno porque fueron muy considerados conmigo. Dan buena prueba de ello el barbero perfilador, una mini-escalera para alcanzar,  un juego para la Nintendo, el recetario Los trucos del microondas, el Caín de José Saramago, la 3ª y 4ª temporadas de Expediente X, y los DVD Harry Potter y el misterio del príncipe, X-men la decisión final, junto a una chaqueta de Zara que me regalaron familiares o amigos, y la minicadena y la cafetera express como autoregalos especiales que siempre me hago, porque yo lo valgo...23-F el día más difícil del Rey, Ultimatum a la tierra y My fair lady. Va a ser que he sido bueno...  

Además Jagg me sorprendió con el librito Sonríe, que vendrá bien para las horas de bajón, y Orlando con el CD/DVD La barrera del sonido de Amaral, para completar la caja metálica que me regaló cuando aún estábamos juntos.  

El mejor regalo fue, un año más, poder compartir estas fiestas gozando de buena salud, con la familia, y saber que cuentas con amigos -más cerca o más lejos en kilómetros- pero siempre próximos.

Ha sido un buen regalo comprobar -con estupor- que, a pesar de todo lo que me he metido en estos días de Navidad entre pecho y espalda con tanta comilona, sigo entrando en la talla L, como comprobé al irme de rebajas, al tiempo que disfrutaba de unos días de vacaciones en los que aproveché para ver la exposición de la Casa de Alba y tomar un cafelito con Juan para ver luego su casita compartida.

Y un regalo inesperado, cuando me temía todo lo contrario, ha sido pasármelo en grande durante el primer viaje del año, en esta ocasión a Madrid.

Aunque no guardara demasiado buen recuerdo de mi última estancia en los madriles, durante el pasado Orgullo, me decidí a arriesgarme a reservar billetes de AVE y hotel confiando en que no se repetirían los momentos de soledad de aquella vez, con ilusión de quedar con los amigos de allí, coincidir con Alberto y ver mejor a Orlando.

Pero poco antes de la fecha de partida me entero que ni Alberto ni su chico estarían finalmente por allí, y a Orlando mi visita le coincidía con turnos de trabajo. Se me vino el mundo abajo porque es con ellos con quien más tiempo paso cuando me animo a subir, y se me antojó que la estancia de julio iba a quedarse en pañales comparada con esta debacle.

Sin embargo, ocurrió ese hecho tan curioso y frecuente que suele suceder de esperar pasarlo muy bien y al final no tener éxito o temer pasarlo fatal y encontrarte con casi una fiesta. Y eso mismo me ha pasado, que temblaba pensando en que me encontraría solito por Madrid tras las bajas anunciadas, sin esperanzas de que los otros amigos de allí -que suelen tener bastantes compromisos y no siempre pueden dedicarme tanto tiempo como los otros- me acogieran en su compañía, y me he encontrado con que no he tenido un solo momento de apuro en soledad.

Sin duda ha sido un fin de semana intenso, increíble e inolvidable. Aunque Orlando me invitó a quedarme en su casa, lo que me alegró porque significa que está mucho mejor de ánimo para recibir visitas, preferí declinar la invitación y hospedarme en el hostal Josefina, aunque ello me ocasionara igualmente los inevitables recuerdos de un tiempo de amor que duró poquito pero fue tan intenso que dejó mucha huella. Además, me gusta porque es muy céntrico, en el mismo Callao -que descubrí con su nuevo look peatonal- y me permite recorrer la Gran Vía con frecuencia.

Justo allí -en la puerta del Capitol- quedé con Sonia, quien se convirtió en uno de los mejores regalos de estos días, un encanto de mujer a quien pude conocer por fin y se preocupó por hacerme la estancia lo más agradable posible.

Al principio, oculté mi timidez con mi habitual careta de desparpajo y mi "rollo loro" que no hace más que disimular los nervios y la cortedad que en realidad siento por dentro, aunque en realidad me la pude quitar pronto para ser simplemente yo, pues ella y su chico resultaron encantadores y me sentí muy cómodo con ellos comiendo en el VIPS. Después la llevé a tomar un cafelito al Isoleé, que ella no conocía, donde aproveché para darle los detallitos del Rey Manu que creo le gustaron.

Me hubiera gustado estar más tiempo con ella, porque es -además de un encanto- todo alegría y vitalidad, pero me pesaban demasiado los ojos por tantas horas de lentillas y tan pocas horas de sueño. Así que nos despedimos hasta el día siguiente y yo aproveché para descansar un ratito antes de quedar para compartir un vinito con mi amigo David. Aunque hacía poco que nos habíamos visto en Sevilla me encantó pasar la noche de marcha con él y unos amigos.

También fue un placer reencontrarme con Antinoo, al que hacía mucho tiempo que no veía, y apareció muy guapo. Con él y Vulcano disfruté de una cena muy agradable en el Umami de Gran Vía, un restaurante asiático con muy buena pinta, buena comida y unos camareros simpáticos, especialmente uno moreno que estaba para que lo pusieran en la carta y pedirlo de primer plato. Yo y mis camareros...    

Después me empeñé en ir a Lio para saludar Libertad, quien nos invitó a unos chupitos de ron miel que además de ricos descubrimos sirven ¡para quitar el hipo! No me desagradó el lugar, resultaba divertida la música pachanguera aunque un poco alta y con clientela variadita. Habrá que volver a echar unos bailes.

Más tarde acabamos en el Gris, donde me encontré con uno de los amigos de Castigador que me presentó cuando coincidimos en Canarias el verano pasado, y que ni me hubiera mirado si no lo llego a saludar yo. Está visto que las jovencitas modennas pijas no quieren nada con viejos...

En el Gris, David me presentó a un amigo suyo muy majo, bastante atractivo y con pinta interesante. Y luego a otro chico que ambos conocían, un auténtico bombom que confieso me llegó a poner nervioso. Demasiado mono, demasiado simpático, demasiado abierto, y demasiado veinteañero asiduo a tener como pareja a gente mucho mayor que él.

En ese momento sobrevolaron los momentos de bajón que inevitablemente me rondan. La sensación de fracaso pesa. Y en sitios de ambiente me siento invisible entre tanto chico guapo, desubicado entre una mayoría bastante más joven que tú, disconforme con la ropa que llevas entre tanta tendencia, molesto con el cuerpo contra el que te ha tocado luchar frente a tanto cuerpazo, ridículo entre buenos expertos en ligar y cateto entre tantos experimentados en sexo, mayor, sin atractivo, sin interés, sin nadie que te devuelva la mirada, o te pida el teléfono, o se acerque lo suficiente salvo porque el aforo del local haga inevitable que te roces con él, un movimiento que te hace otra vez recordar los besos, caricias y abrazos perdidos, y sobre todo pensar -con tristeza y temor- que ya será para siempre así...

Algo parecido me embargó al día siguiente, cuando me vi acogido por un grupo de veinteañeros atractivos y con estilo, aunque reconozco que me encontré muy a gusto con koepps y su chico, Fran (que me gustan sus achuchones espontáneos) y un par de amigos suyos de vueltas por el Madrid, compartiendo una divertida comida en La Gloria de Montero con tertulia sentimental-sexual que escandalizaba a algunos de los de alrededor, y una cachonda hora del té en las camas del Jhambala, en Chueca. Me alegra conocer gente tan maja y sobre todo ver felices a los amigos.

Me gustó mucho el churri de koepps, simpático, guapo, un tipazo, me trató con naturalidad, como si me conociera de siempre. Un encanto. ¡Ni se te ocurra dejarlo escapar! Claro que él se lleva una joyita, también...

Tras despedirme de ellos, café breve con Orlando -que se escapó un momento para verme- y sin solución de continuidad cita con la encantadora Sonia para tomar algo en el Stop Madrid y cenar luego en el Wagaboo donde volví a deleitarme con su encargado y compartí con ella confidencias de mi pasado sentimental. Más tarde tertulia socio-política en el Mamá Inés ¡que paciencia tuve!, jajaja,  y última copa en el Underwood antes de decir adiós.

No paré ni un momento, se me pasaron volando los dos días, me quedé con las ganas de conocer a Juanan (me está pasando con él como con los miguelchurris que se queda siempre todo en intentos) y también de ver a Edu, para darle un abrazo y charlar un ratillo con él, o intentar quedar con otros blogueros a los que hace mucho que no veo. Quizás en otra ocasión. 

Despedí Madrid, a solas, con frío intenso, satisfecho por la fortuna de que el viaje resultara agradable por la compañía y una cierta sensación "saudade" que siempre tengo al marcharme.

De vuelta a Sevilla paisajes blancos en La Mancha desde el AVE, copiosa nevada en Córdoba e inesperado anuncio de que caían copos en Sevilla -50 años después de la última vez que nevó- sin que llegaran a cuajar. Con las ganas que tengo de vivir la sensación. Toca seguir con la espera. En esto también...

Así fueron los primeros días de enero, quién sabe lo que traerán los días que siguen...

 ...los espero con el mismo espíritu de siempre.