Lo confieso, las últimas semanas me han sentado muy bien. Y eso a pesar que me cayera encima un nuevo año. Sin embargo, prefiero pensar que es una bonita cifra dispuesta a obsequiarme con grandes momentos que vivir y sobre todo compartir.

Uyyyy... ¿yo diciendo esto?

Sí, soy yo. No he sido abducido por extraterrestres zen, ni nadie de cuento me ha poseído, no tengo dentro de mí un alien positivista, y tampoco me he contagiado con un virus de efecto naranja.

Sencillamente, los últimos días he tenido la oportunidad de estar muy a gusto gracias a visitas de amigos, reuniones con gente que me hace sentir bien, celebraciones especiales, recibiendo regalos y participando de tantas actividades que apenas me he permitido echar de menos las carencias o preocupaciones que a uno le suelen rondar.

Y yo cuando estoy bien... lo veo todo bien.

Una voz amable, un abrazo a tiempo, un encuentro oportuno, alguna sorpresa que otra... no pueden hacer milagros, pero sí ayudan mucho a que las cosas parezcan diferentes.

Si noviembre no resultó finalmente tan duro como otros años, diciembre no pudo empezar mejor. Tras disfrutar con Mikgel de la magnífica representación de Fuenteovejuna (que diferente a la fallida puesta en escena de María Schiller, vista días atrás con Pcj y CRAZY) tuvimos ocasión de volver a ver a Vulcano, en compañía de Luigi, Argax y otros amigos. Muy majo el amigo gallego de David y también los amigos de Víctor (entre los que se encontraba curiosamente Arándano) con quienes compartimos un ratito divertido en el Barón Rampante y el Hércules Mítico.

No suelo salir mucho por los locales de ambiente, pero al poco volví a estar por allí con motivo de la visita de dos amigos de Valencia a los que entre otras cosas, les enseñé esa zona de marcha. Les sorprendió que tuvieran tanta luz, y es que por lo visto suelen tener por allí un aire algo más tenebroso.

La visita de los amigos valencianos ha sido una de las más entrañables que recuerdo. Muy esperada. Aunque lamentara que en vez de dos no fueran cuatro los amigos (les eché mucho de menos). Una pena que tampoco se pudieran sumar, al menos por un día, otros dos llegados de tierras manchegas.

Se hospedaron en uno de los hoteles más fashion de la ciudad, al ladito de la Giralda, aunque parece es más apariencia que otra cosa, y allí quedé en recogerlos bien temprano en una fría mañana de sábado que, sin embargo, se hizo cálida en cuanto les di un abrazo.

Es curioso, mientras a todos mis amigos heteros les saludo con un apretón de manos, me he dado cuenta de que en el colectivo de amigos gays con los que me relaciono la cosa se diversifica a la hora de dar el saludo. Están los que te plantan dos besos tipo chupón, los que rozas mejilla con mejilla, los que saludas estrechando la mano, y otros a los que das un abrazo de bienvenida o despedida. Y no tiene mucho que ver con la confianza o la costumbre, sino más bien con la empatía.

Como nuestra gran Elena -secretaria del Sr. Bassat y gran descubrimiento del concurso reality de la Sexta El Aprendiz, solo para elitistas, y de la que somos fans- se que es importante dar un buen recibimiento. Por eso quise dar una bienvenida dulce a Fran y Rafa con una muestra de los dos pestiños típicos de Sevilla (en sus variedades de miel y de azúcar) que les gustó mucho, y una olivas de chocolate de una de las tiendas gourmet más de moda de la ciudad, que a saber donde acabaron.

Tras ponernos al día, pasear un ratillo por una ciudad casi vacía por lo temprano y frío del día, y ponernos de acuerdo en el plan de visitas, iniciamos el recorrido turístico obligado por los Reales Alcazares y el barrio de Santa Cruz. Hasta mediodía que el sol empezó a calentar algo más, lo cierto es que pasaron bastante frio. Es lo que pasa cuando se empeñan en creer que el andaluz que avisa del frio que hace en Sevilla cuando hace frio... exagera, jajaja. 

Cuando quisimos darnos cuenta ya era hora de comenzar el tapeo. A lo largo de toda su estancia se convirtió en casi una obligación llevarles por bares, tascas, tabernas, mesones, restaurantes, cafetería y locales de los que guardaran un buen recuerdo. Y el listón era alto, pues ambos gustan de comer bien.

La primera parada es casi una costumbre ya entre cuantos me visitan, el vinito de naranja de la taberna de "el Perejil", con su pringá, a la que uno que yo me sé confundió ¡con atún!, jajaja. Después llegaron la Bodeguita de Antonio Romero -con su fantástica carrillada y sorprendente, por el tamaño, pero riquísimo tortillón acompañado de alioli- y otra parada junto a la Plaza Nueva donde Fran pudo aliviar su antojo de salmorejo.

Tras el tapeo llegaba otra de las citas ineludibles de cuantos se dejan caer por aquí conmigo, un cafelito con tarta de caramelo y nueces de Ambrosio en el Café Trajano, donde tertuliamos de lo lindo.

Después de una reconfortante siesta, y de que consiguieran comprar una bufanda (y no precisamente en Vitorio&Luchino, por la mala atención al público de su dependienta) disfrutamos de las luces de Navidad y la gran animación que reinaba en torno a la Feria de los belenes, la Feria del libro antiguo y de ocasión, y en general por todo el centro, camino de La Alameda. A pesar del frio reinante las calles estaban repletas de personas.

Una breve parada en un atestado Eslava -donde degustamos unas inmejorables croquetas- nos sirvió para hacer tiempo y abrir boca antes de cenar en Manolo León, uno de los restaurantes de más prestigio de la ciudad donde hice reserva y me sorprendió ver entre la clientela tanta gente joven. Cocina de calidad acompañada de confesiones personales.

Decía en el post anterior que me gustaban las sorpresas (agradables, claro) y eso me llevé cuando salí del restaurante y Fran me felicitó con dos besos. Se me había olvidado por completo. ¡Ya eran las doce! Un nuevo día de cumpleaños...

Entré, pues, en la nueva cifra y con buena compañía, tomando unas copas en el República y el Barón Rampante, donde conocieron algo de la zona de ambiente.

Al día siguiente continuaron las visitas (la impresionante Plaza de España, el coqueto Parque de María Luisa, la espectacular Catedral, la Giralda y sus 35 rampas, con sus bonitas vistas...), el tapeo (en tascas como Morales, la bodeguita Salazar, o el bar Coloniales), y otra de las degustaciones inevitables para visitantes ilustres como es el Ocumare.

Con el buen sabor de boca del chocolate recibí en el hotel los primeros regalos de cumpleaños, un divertido y cuco juego de café decorado con vaquitas (de parte de Chequebo y su chico), y unas hawainas color rojo pasión con mini bañador brasileño -llamado chunga- a juego, detalle de Fran y Rafa, a los que tuve que prometer que me lo pondría.

Cuando días después invité por el cumpleaños a unos amigos a casa y se lo enseñé, CRAZY me propuso ponérmelo en la piscina del gym. Sí, claro, la chunga y mis "cannes" entre tanto músculo, vaya guasita. A saber donde y cuando cumplo la promesa... pero me lo pongo ¡vamos, si me lo pongo...!

Como esperaba, ese día se sucedieron las llamadas de mi familia, pero también las de Alberto y Antonio, Sergio, Pedro, Ismael, Miguel y Juan Carlos... y hasta la de Orlando, después de meses sin tener noticias suyas. Que bueno es oir una voz amiga.

De vuelta a casa para ducharme y cambiarme antes de cenar, me alegró ver que también fueron muchos los que me felicitaron vía Facebook. Se agradece.  

Aquella noche, Pcj aceptó cenar con nosotros. Intentamos La Madraza y el Sopa de ganso, pero acabamos en Il Forno, donde vimos al Mauricio de Aida. Luego compartimos café y tarta, de nuevo en el Trajano, entre risas al recordar aquellos grandes gags de Martes y 13 (el Fin de Año no ha vuelto a ser igual desde entonces) y con debate político incluido.

Los días pasan rápido. El frio también. Con un poquito de penilla por lo cercano de la despedida, les recogí en el hotel para ir a comprar lotería en la administración de El gato negro, por cuyo lomo pasamos los boletos. A ver si entre eso y la buena fortuna gitana nos toca, miarma...

La temperatura no era como la de los días anteriores. El sol calentaba más el ambiente. Tras visitar la Iglesia del Salvador y la del Silencio, enseñarles "las setas de la Encarnación", comprar castañas asadas, rondar la Plaza del Museo, cruzar el Guadalquivir y ver La Cartuja, llegamos justo a tiempo para tomar las últimas y ricas tapas del Sol y sombra de Triana, por cuyas calles paseamos en la sobremesa y donde ambos se inmortalizaron con un par de fotos ante un vistoso belén con animales vivos ambientado con villancicos flamencos y rocieros de fondo. Muy pintoresco todo. Muy de Triana...

La estampa del río grande, o verde como le gusta llamar a Jagg, con la Torre del oro y la Giralda al fondo es muy socorrida también para hacer fotos desde la orilla de la calle Betis. Y para disfrutar de un café en otro de los sitios más "in" de la ciudad, el Restaurante Abades.

Pero no todo es tipismo, por eso les invité a coger el flamante metro de puertas seguras y acercarlos hasta la zona de Viapol y mi barrio, donde abundan edificios más modernos alejados de la estampa señorial del centro.

Aunque hasta él volvimos, pasando por San Bernardo, la Judería y de nuevo Santa Cruz, hacia el hotel, donde finalizaron mis prestaciones de Manuguía, esperando que disfrutaran de su estancia y se sintieran satisfechos del servicio ofrecido.

Hora de despedida. De esas que me ponen un poquito tonto. Abrazos del adiós -como en las sevillanas, no te vayas todavíaaaa, no te vaaaaayas por favooooor- y sensación de penilla por aquello de que gente que quieres y aprecias estén a muchos kilómetros, que no lejos.

Les dejé en un taxi en dirección al aeropuerto y me dispuse a metabolizar emocionalmente su estancia, su visita, sus voces, sus risas, sus miradas, sus abrazos, sus detalles, su confianza, su cariño, su amistad.

Os quiero, chicos.

Apenas sin descansar, al día siguiente tocaba celebración del cumpleaños en casa, tranquila, con Pcj y Crazy, Shiquillo y Gaby, Mikgel y un Quijote al que nos hacía ilusión poder ver después de tanto tiempo ¡y con nuevo look sin gafas! Faltaron Luigi, Dik, Carlitos y Chema. Nada, que no hay forma de reunir a toda la maripandi...

Con enorme ilusión recibí sus regalos, un bolso-bandolera chulísimo, el DVD de Los abrazos rotos, los Cuentos de la Alhambra y un divertido Mr. Big Man extradotado para tapar botellas.

Y los días siguientes -en los que disfruté de permiso en el trabajo, ¡que pedazo de puente!- continuaron los regalos, gracias a mi hermana que me sorprendió con un estupendo reloj, y a Jagg, Carlitos y Chema quienes coincidieron en regalarme libros, el muy original El arte de conducir bajo la lluvia y el hilarante Maldito karma.

Abrumadito que estoy con tanto regalo. Y lo que es mejor, acertadísimos todos. Así da gusto.

Muchas gracias a todos los que se acordaron y me felicitaron por teléfono, mensajito, correo, Messenguer, Facebook, o en persona. Gracias, a Fran y Rafa por dejarme compartir con ellos su estancia en Sevilla, confío en que volvierais a casa con un buen recuerdo (el mío es imborrable) y regreséis otra vez (pero con bufanda). Espero veros pronto.

Lo vuelvo a confesar, las últimas semanas me han sentado muy bien. Y muchos de los que leéis esto habéis contribuido a ello. Aunque no faltaran los pequeños pellizcos de angustia que provocan las dichosas carencias, la irremediable pérdida y las inevitables ausencias, estos días me han hecho feliz, y me he sentido bien.

Y para que no se queje Adrián, un post como el de hoy cargado de experiencias agradables y buenos recuerdos, debe terminar con espíritu positivo y sobre todo gratitud, por las cosas buenas que nos rodean.

Y además me sirve para rendir homenaje a la gran Mercedes Sosa que no hace mucho nos dejó, porque... como decía aquella canción de Violeta Parra, uno debe dar gracias a la vida... que me ha dado tanto...