Hace cuatro años mi vida empezó a ser distinta un mes de noviembre.

Con el fallecimiento de mi madre entré en una época de grandes cambios. No soy el que fui, sin dejar de ser el que era, siendo más quien ahora pueda ser. 

Testigo de su proceso degenerativo, sufrimiento y dolor, aún no se cómo tuve fuerzas para solventar tan dura prueba. Convertirte en el cuidador de un ser querido al que ves irse poco a poco en un proceso degenerativo conlleva sufrir, en ti mismo, un proceso  de desgaste psicológico e incluso físico que deja inevitablemente huella. A veces, si me detengo a mirar por dentro, aún veo heridas que sospecho jamás cerrarán del todo.

El mes de noviembre, de hace ya cuatro años, me trajo el desgarrador dolor de su pérdida. Me morí un poquito también con ella. Y quedé huérfano tras haber perdido ya a mi padre con 13 años.

La casa quedó vacía de familiares, enfermeras, médicos, vecinos, ayudantes. La rutina de cambios posturales, alimentación nasogástrica, aseo, administración de medicamentos, atención permanente... se detuvo de repente, y con ello el ritmo de vida de los últimos tres años anteriores. Se hizo un silencio en la casa solo roto por un llanto que se repite en desahogo y poco a poco se va calmando hasta quedar en un pellizco que no se desvanece. Desde entonces la soledad se empeñó en rondarme. Cada año es peor.

Convivir con el deterioro y crudeza de la enfermedad, y testimoniar la angustia de la muerte, me hizo cambiar en aquel momento, de forma brusca, en los planteamientos vitales que durante toda mi vida anterior me habían acompañado. Cambia la perspectiva, lo pequeño se hace grande y lo importante pierde cualquier protagonismo a favor de lo más sencillo.

Tal vez era demasiado tarde, pero decidí dar un paso hacia nuevos horizontes, totalmente distintos a los que antes solía otear. Me aventuré en giros personales insospechados para una persona tan conformista y rodeada de miedos como siempre he sido. Acogí la filosofía del Carpe Diem. Trabajé decisiones, batallé variaciones, y evolucioné hacia posiciones nunca imaginadas. Libre, al fin, de ataduras morales impuestas por las circunstancias de una vida ajena, aunque aún conviva a efectos prácticos con algunas otras, más delicadas de erradicar del todo. Preso de una voluntad de cambio. Vitalista -que no optimista- pero expectante y abierto a nuevos aires, tendencias y ambientes. Aventurero en búsqueda de una felicidad que aún -siento decir- no he llegado a conocer en la plenitud que esperaba.

Los nuevos tiempos supusieron un alejamiento de buena parte de mi yo anterior y de mucho de cuanto me rodeaba. Por otra parte, significó conocer nuevas personas con las que identificarme mejor, con quienes compartir emociones y similares necesidades vitales.  Buena parte de ellas llegaron  a través de este blog, otras a través de perfiles de páginas de contactos en los que soñaba -iluso- con encontrar lo que tanto deseaba. No tardé en darme cuenta de los riesgos que ello conllevaba.  No siempre das con las personas adecuadas. A menudo el autor de un blog acaba siendo muy distinto a quien tú creías, y lo que encerraba el mundo de los perfiles acaba por desencantarte.

Por contra, los blogs -y ahora la novedad del Facebook- me han permitido encontrar buenos amigos. Muchos permanecen y otros van y vienen. Algunos desaparecen. La vida es así. Puertas que se abren y se cierran, gente que se acerca, se queda o se aleja. A través de ellos he conocido otras personas interesantes y de valía. Además me han ocasionado experiencias, encuentros y vivencias extraordinarias. Los perfiles, por su parte, también me han proporcionado algún que otro encuentro satisfactorio, aunque fuera breve. Siempre confío en que puede salir bien. Tal vez sea demasiado confiado, pero uno es como es.

Y eso que estoy bien escarmentado tras la sucesión de varios fracasos. En lo que respecta al amor, no he tenido mucha suerte que se diga...  Ni con el primer chico, aquel treinteañero amante del cine y las casualidades, tampoco con aquel veinteañero con quien meses después compartí unos días mágicos lejos de Sevilla, y mucho menos con aquel rollito del invierno siguiente y que tan bien besaba. No hubo mucho más. No soy precisamente un ejemplo de promiscuidad. Demasiado sentimental y romántico para eso. No tuve suerte. Tanta ilusión y tan poco éxito acabó por encaminar mis pasos hacia el sendero del desencanto.

En el campo de la amistad las cosas tampoco fueron muy diferentes en un gran número de casos, con personas que celebras conocer y crees tendrás ya a tu lado para siempre, pero con el tiempo te lamentas por ver como desaparecen. Además, la mayoría de las veces por causas que ni siquiera llegas a saber o logras comprender.  Simplemente dejan de estar ahí. Afortunadamente otras muchas quedan. Y no dejas de preguntarte si esa suerte también la podrá tener con ese compañero en la vida con quien compartir un presente, construir un futuro y evocar el pasado.

No andaba uno muy esperanzado cuando de pronto surgió inesperadamente aquel veinteañero al que bauticé por aquí como Orlando -porque Shiquillo hizo la observación de su parecido con Orlando Bloom- y con el que compartí los mejores meses de mi vida. Jamás había sentido eso por nadie. Nunca me habían hecho sentir de esa manera. El amor que llegué a sentir por él aquellos meses no podía compararlo con nada anterior. Son sensaciones que no he vuelto a tener.

La alegría fue breve, no llegó a seis meses, pero de una intensidad tal que proporcionan la impresión de haber sido muchos años. La ilusión se marca a fuego en el brillo especial de los ojos de todo ser que ama y comparte sentimientos hacia la otra persona. ¿Qué  pareja no ha sido testigo  de ese "algo" especial en los ojos de quien te quiere y a quien le gustas reflejado al mirarte?

Aquel brillo desapareció. Repentinamente se fue como había venido, en silencio, sin avisar. Las palabras que lo anunciaron me atravesaron al morir un mes de noviembre. Otra vez noviembre... Y algo se murió conmigo aquel día.

Caí en la depresión, el desengaño, el desencanto y la dejadez de espíritu. Salí adelante como buenamente pude. Desde entonces, hace ya dos años, no he vuelto a tener relaciones con nadie. Me costó superar el desamor, despertar del sueño hecho realidad y asumir la verdad. Sigo echando de menos aquella sensación de plenitud y felicidad, pero de una manera distinta, y sin cerrar la puerta del corazón a quien quiera llamar a ella.

Lo malo es que siempre me ronda la certeza de que cada vez se hace más difícil que alguien se interese por tocar la aldaba de una puerta cada vez más ajada por el paso del tiempo, sin el lustre de la juventud,  sin cuerpo, con goznes sin engrasar, y a los que pocos pueda interesar entre tantísimas como hay por ahí, más forjadas, mejor labradas, mucho más llamativas y más modernas.

Por eso no me hice ilusiones cuando hace unas semanas accedí a la página de uno de esos perfiles que abrimos con la esperanza de encontrar alguien interesante con quien compartir, según las preferencias de cada cual, sexo o pasión, tal vez emoción, una probable amistad, o extraordinariamente amor, y que con el paso del tiempo y cansado de derrotas terminas por casi olvidar.

Pero de cuando en cuando lo abres. Te acostumbras a no ser lo que habitualmente más buscan: sexo fácil, cuerpos trabajadísimos en el gimnasio, modelitos, bellezones, MBDs... En mi caso prima el texto, y las fotos son muy normales. Seguramente por eso apenas recibe uno visitas, ni mensajes... Y por eso me llama tanto la atención alguien que lee lo que pones, se interesa por ti y te mande un mensaje. Lo contestas, acabas por intercambiar varios más, das el paso de agregarlo al Messenger, hablas por teléfono, crece la complicidad, nace la confianza, estás a gusto, te ríes, disfrutas, te emocionas y te das cuenta de que te mola.

Y aunque insistes y avisas que Internet es peligroso, que te haces una imagen mental que no corresponde a la realidad, que no puedo presumir ni de cuerpo, ni de belleza exterior, ni de dinero, ni de experiencias, ni de nada de lo que tanto buscan la mayoría, salvo de ser buena persona y buen amigo... te dicen una y otra vez que te quieren conocer, porque le resultas interesante, y molas mucho, y se lo pasa bien contigo, y le gusta tu voz, y le pareces guapo y un chico encantador...

Me confesó estar también en contacto con otro chico muy guapo que coqueteaba con él, pero quería conocerme a mí antes. Le anuncias que conmigo tendrá la seguridad de un amigo para toda la vida y con el otro chico seguramente un polvo de unas noches. Que igual lo segundo le viene mejor en plena sequía tras cortar con su novio pocos meses atrás. Pero insiste en darle vueltas a querer quedar... y yo vuelta a avisar que se está haciendo una idea que no es. Hasta que la última noche, tras días y días de horas y horas hablando en complicidad, bien entrada la madrugada,  decidimos agregarnos al Facebook.

Al día siguiente hago todo lo posible para darle la sorpresa tras su insistencia e interés. Me esfuerzo en solucionar varios asuntos pendientes que me impedían apenas tener algo de tiempo libre. Y me dispongo a quedar con él. Tenía una enorme ilusión en ese "momento Casablanca" con visos de hacer real una amistad que se había ido consolidando virtualmente. No tenía por qué dudar que no fuera a ser así. Buena parte de mis mejores amigos los he conocido  así, y ha funcionado. Muchos leéis o comentáis este blog.

Como él terminaba de trabajar a las 8 de la tarde, le envío un mensaje en plan sorpresa para vernos en torno a esa hora. Al poco me contesta que se había agobiado mucho y prefería no quedar, que me había escrito un correo para explicarse y que le perdonara.

Conforme leía el texto del SMS se me cortaba el cuerpo. Sabía sin leerlo lo que pondría ese correo. El cuerpo aún se descompuso más cuando comprobé que se había enviado a las 10:30 de la mañana. Yo llevaba todo el día esforzándome por solucionar todos mis asuntos familiares y laborales para poder disponer de tiempo y quedar  cuando ya me habían escrito para decirme que no querían verme.

Me sentí absurdo ya si leerlo.

Al leerlo más si cabe.

En resumen, me decía que yo era alguien que le resultaba interesante, por mi sentido del humor, que sigue el rollo, y con el que hay química, pero faltando algo básico y fundamental como es el contacto físico.

Me daba la razón en aquello que tanto le insistía, que por Internet te haces una idea preconcebida, idealizas el físico y te lo imaginas como a ti te gustaría que fuera... pero que con el Facebook me puso una cara, un cuerpo, una ropa, unos amigos, un entorno... mucho más cercano a la realidad que la idea preconcebida que antes pudiera tener.... un Manu más real que unas líneas escritas en un cuadrito en el Messenger de casa.....  Y aunque le gustaba mucho las cosas que hay dentro de mi cabeza, mi forma de escribir, mi sentido del humor, o sea, mi personalidad... no solo somos eso, y en el chat se conoce primero a la gente por dentro y luego por fuera.... y eso es muy peligroso, porque es tan artificial que es como si fueras ciego y no sabes con quien hablas.... así que prefería no quedar.

Se despedía acusándose de ser, quizás, superficial e inmaduro. Y esperando que le perdonara.

Seguramente influyó el mes, las fechas en torno al fallecimiento de mi madre, el recuerdo de mi ex... el caso es que me hundí sin poder evitarlo en la tristeza.

Y aunque varias veces anuncié que no quería contar más cosas tristes en este blog, el Armario Abierto no deja de ser un diario en el que reflejar las cosas que me pasan, las buenas y las malas. Por eso os lo cuento.

Agradezco a cuantos se han interesado por mí estos días sus palabras de ánimo y aliento. Ya sé que no debería sentirme tan mal por algo así, por alguien así, pero uno es precisamente "tan así" y no lo puede evitar sobre todo, insisto, en un momento o mes inoportuno.

Seguramente me siento herido sin razón, y a lo mejor su intención no fue la de hacerme daño, aunque yo no pudiera evitar sentirme mal, como despreciado... no sé. Pero uno es como es. Y yo soy... Manu. Sigo siendo yo.

Y noviembre... sigue siendo noviembre.