Miro el calendario y observo que en una semana ya se habrá ido el verano. Nadie lo habría asegurado la noche del sábado, cuando me asomaba a la terraza y veía que el termómetro que hay en frente de casa marcaba 32º  a las 10 de la noche, bajando a 29º tres horas más tarde. Un detalle.

Aunque el calor se resiste a irse, el ambiente no parece -algo es algo- tan sofocante.

El domingo se presentó con nubes y sensación de bochorno. Y a las 10 de la noche andábamos por 26º. Dicen que igual llueve. ¿Será verdad?

Necesitaba este cambio de tiempo, aunque me temo que no durará mucho. Falta por llegar lo que se denomina por aquí "el calor del membrillo". Que hartura de verano, que se empeña en quedarse hasta cuando ya no lo es.

A muchos extrañará que diga esto, pero salvo por el mes de vacaciones, lo cierto es que no me siento especialmente contento con esta estación. Demasiado agobio durante demasiado tiempo por las altas temperaturas. Quizás si viviera en latitudes costeras o más al norte pensaría distinto, pero me encuentro más cómodo en primavera y otoño, que en este sur no suele ser tan extremo y es más cálido de vivir.

El Otoño es una de mis estaciones del año preferidas. Amigo de melancolías y deshojes, lo espero cada año, recordando su flor, abrigando esperanzas, anudando relaciones, aunando rutinas y proyectos, anidando estampas interiores...

El otoño me trae recuerdos de inicios de curso, de estrenos de libros, de nuevas caras, de acopio de material de papelería, de comienzo de temporada, de renovar la ropa, de limpieza general, de frescas noches y alboradas, de reencuentros televisivos, de nuevas agendas relucientes, de espíritu universitario e infancias que no vuelven... 

Claro que también me trae recuerdos dolorosos, de pérdidas y ausencias a los que uno se domestica aunque nunca se acostumbre.

El calendario preotoñal avisa de la llegada del nuevo tiempo con la apertura de la temporada teatral del Lope de Vega. Desde agosto ya tenía noticias de la programación hasta diciembre. Y con enorme ilusión ya me encargué de reservar enseguida entradas para ver a principios de diciembre El caso de la mujer asesinadita, con Isabel Ordaz,  y a final de octubre Dos menos, con José Sacristán y Héctor Alterio.  Además Pcj me propuso el María Estuardo, de Schiller en noviembre. Guay.

El estreno de temporada en el Lope de Vega venía este año de la mano de la compañía valenciana L´Om Imprebís, con el Calígula de Albert Camus. En principio iba a ir con Mikgel, pero le surgió un asunto familiar y hubo que anular la cita y buscar sustitutos que ocuparan las entradas. Total que al final no iba a ir, pero me animé de pronto a ir yo solo. Un impulso...  y me gustó bastante, a pesar de que las críticas no eran muy buenas. No suelo ir demasiado a este tipo de teatro, me va más la comedia, y lo cierto es que me ha sorprendido, positivamente.

Esa mañana me había despertado con dolor de cuello, y no creí conveniente ir al gym. Como Jagg y Alberto me habían recomendando UP (la última película de la factoría Pixar), me dio otro impulso y me fui a verla a mediodía, en versión 3D. Me encantó, y me emocionó. No creo que sea por estar especialmente sensible, es que la historia es tan tierna...

No recuerdo cuando fue la última vez que sacaba entradas para ir el cine a esa hora, pero entre el tipo de sesión y el tipo de película me vi de pronto algo desubicado, rodeado de papis con niños. Menos mal que eran ya mayorcitos y se portaron bien.

Y, por cierto, que adelantado está el tema ese de las tres dimensiones, oye...

De vuelta del cine la tarde se planteaba larga, muy larga. Y el dolor de cuello no cesaba. Tras ponerme calor y untar cremita, me surgió el mencionado impulso de sacar una entrada para el teatro, de las baratas (de esas de gallinero). Y para allá que me fui a pesar del bochorno. Con la suerte de que al haber pocas entradas vendidas en la sesión de tarde las acomodadoras acabaran por sentarme en la fila 5ª del patio de butacas. Un chollo, oiga...  

Cine y teatro en vez de gimnasio. El cambio fue positivo y no solo por el cuello. Al final no pasé por allí en toda la semana, desde que volví el sábado anterior tras todo agosto casi sin pisarlo. La amiga constancia no quiso volver. Me excusaba en el calor (es lo más fácil), pero también ayudó mucho el estado de ánimo y el estrés del trabajo habitual de primeros septiembre.

A mi edad no es bueno hacer ejercicio solo el fin de semana. Esperaré a que vuelvan las ganas. Aunque lo físico y lo anímico se alían en contra.  Pero estoy acostumbrado -mal acostumbrado- a estos parones. Mi vida es un acordeón constante y mi corazón una montaña rusa. ¿Cuántas veces habré plasmado esas palabras en este armario?

No soy el único con bajones, alguien que quiero mucho y algún otro amigo andan también finos con ello. Cachis... Ojalá supiera cómo ayudarles. Al menos les insisto en que estoy ahí si me necesitan.

Por mi parte, como le decía a alguien hace unos días, "tengo sensación de vencido" y han sido muchos los días que he tenido una noria por cabeza... pero uno sigue adelante, a trompicones, como buenamente puede.

Para colmo, "ansi" ha seguido haciendo de las suyas. Me ha dado un veranito... porque tras la ruta vacacional por Madrid, Valencia, Canarias y Granada se agarró con unas ganas que no había quien lograra escapar de ella.

"Ansi" conmigo se manifiesta en forma impulsiva, es decir, comiendo impulsivamente... comprando impulsivamente... y proyectando el trabajo con un impulso considerable. Consecuencias: kilos de más, demasiados gastos y estresssss....

Solo espero que no vuelvan las noches de crisis.  Por favor, por favor, por favorrrrr....

En el último mes habré quedado con alguien un par de veces. Un breve reencuentro con Shiquillo y su Gaby, tras su vuelta de París (al que se sumó Mikgel) un domingo por la noche en Ciudad Expo. Y un par de horas, otra noche, con Carlitos, Chema, Pcj, y Mikgel que apenas dieron para una cena rápida en el Forrest Hollywood y un refresco en el Flamingo. Pequeños oasis de alivio en un duro, solitario y largo agosto. Lo normal.

El resto del tiempo de ocio fueron más bien instantes de escape sin compañía. Como un paseo por la ciudad el único día que las altísimas temperaturas dan un respiro y saliendo de compras para seguir con la lentísima redecoración de la casa, en plena fiebre consumista que se ha manifestado en un sofá, una mesa de comedor, una mesita de centro, una lámpara, y dos cuadros. A lo que hay que añadir un notebook, tres DVDs, dos libros, chocolates y helados varios, una percha para pantalones, otra para cinturones, un cuaderno de colorines, tres revistas, cinco plantitas, regalos para un bebé que ha de llegar y alguna que otra primera entrega de esas de fascículos del kiosko de cada septiembre. Aparte de las entradas para espectáculos de aquí a diciembre. Un gastón, oiga.

Las escapadas se hicieron también en forma de huidas culturales con visita a los Reales Alcazares, exposiciones como la del Settecento veneciano, o una cada vez mayor afición por la fotografía. La lectura ha sido otro refugio.

La soledad y el silencio habituales se rompieron con inesperadas y agradecidas llamadas como las de Miguel Manchego, Pcj o una amiga de Orlando que conocí en Madrid, o las más frecuentes de Chequebo o Alberto. El Messenguer me permitió saludar a Aitor, Judah o Fernando, pero confieso que cada vez me conecto menos.   

Las horas de Facebook entretienen algo. La lectura de los sucesivos libros de Harry Potter, en auténtico maratón, mucho más (ya voy por el 6º). Los canales de ONO me sirven para huir de tanto fútbol de verano. Y Antonia San Juan -como Stella Reynolds- me hizo reír, con un soplo de aire fresco entre tanta y calurosa abulia estival. 

En este tórrido tiempo el Plus me permitió disfrutar de buenos momentos con Cometas en el cielo, Mamma mia o el concierto de la gira de Sticky & Sweet de Madonna grabado en Buenos Aires, que provocó inevitables recuerdos valencianos y ¿cómo no? de Orlando.

Menos mal que poco a poco fueron volviendo las series: Doctor Mateo, Damages, Betty, Cinco hermanos, Gossip girl, Cuéntame... junto a programas como Españoles por el mundo, GH o Sálvame (¡Arriba la Esteban!) en los que uno se refugia para no pensar.

Pero no siempre se consigue y uno se vuelve nostálgico y errático, con días tontos, y hasta se siente Columeta.

Como no hace mucho escribía en el Facebook... "se marchan  los sueños". No sé si al cementerio aquel de Fangoria...

Creo que El mundo de Millás me está afectando. Como Donde el corazón te lleve, de la Tamaro. ¿A dónde va el mío? Mi mundo se me antoja un castillo de naipes, a veces, un Exins castillo, otras. En general, permanece -como Hogwarts- oculto a los ojos de los que no conocen la magia...

Si tuviera varita hubiera echado el otro día un maleficio al grupo de parejitas caniquinceañera que se burlaban el otro día de un transexual con el que se cruzaban por la calle. Aspavientos, miraditas, carcajadas y comentarios sobre una persona por el simple hecho de ser distinto. El asco y la impotencia me inundan. Tampoco es algo esporádico. Los compañeros de trabajo no cesan en los comentarios sobre esos mariconazos de la tele... esa maricona vecina... esas lesbianas asquerosas...  Me siento atrapado en una jaula que me permite pagar la hipoteca pero deja sin crédito mi alma. Si al menos al llegar a casa encontrara unos brazos que me confortaran sería más fácil.

Como decía Calígula el sábado: "el miedo lo anula todo".    

Esta visto que la obra del sábado me ha inflado de existencialismo. La semana que viene voy a ver En el oscuro corazón del bosque, de José Luis Alonso de Santos. A ver qué sentimientos remueve o qué sensaciones provoca.

Y a la siguiente igual me animo al Tito Andronico de Animalario, aunque no esté para muchas tragedias...