Empecé a primeros de julio un esperado y necesario juego sobre el tablero de parchis, chis, chis, de mis vacaciones. Algo así como un ¡chás y aparezco a tu lado! En Madrid, Valencia o Canarias.

Tiré el primer dado y salió el cuatro "arcoiris". Avancé desde el jueves al domingo con mucho Orgullo por los madriles. Compartí tiradas con amigos, pero también me alcanzó la soledad. Con ella volví a casa.

El jueves siguiente volví a tirar. Cinco. Vuelvo a salir y salí de mis casillas. Normal, ocho horas y media del tren ARCO entre Sevilla y Valencia podría considerarse como una auténtica reinvención de la tortura en versión light solo superable por la seguridad de encontrar finalmente gente acogedora a tu alrededor y buenos momentos para compensar lo pesado de un viaje como ese. Quiero un AVE a Levante ¡ya!

Acabé hasta el mismo arco. Y no, no hice el trenecito. El viaje solo se hizo llevadero por el mucho paisaje en el que divagar los pensamientos, la compañía de mi buen amigo mp4 al que incorporé las canciones de Fangoria y Miguel Poveda que amablemente me envió Jagg , el ojear de la muy mejorada revista Paisajes que ofrece RENFE, y la peli francesa Peregrinos que proyectaron.

Pero, sobre todo, llené buena parte del viaje con la lectura de un libro que me envolvió y me revolvió, que devoré con pasión, lágrimas, sonrisas y suspiros. Se llama Mis padres no lo saben, escrito por los periodistas Marce Rodríguez y Mariola Cubells. Absolutamente imprescindible. Nadie puede sentirse ajeno a los más de treinta testimonios, emotivos, desgarradores, reales, sobre la experiencia vital, emocional y sentimental que narran los gays protagonistas. Un libro que llega. Me gustó tanto que decidí regalárselo a los amigos que me acogían esos días en su casa.

En cuanto llegué a la estación, dejé las maletas en consigna y me aventuré por la ciudad en busca de una librería en la que comprarlo y añadírselo a los dulces típicos y la Guía Azul de Sevilla que portaba desde casa como detalle por su amable hospedaje.

Recorrí la Plaza del Ayuntamiento, donde inevitablemente me llené de recuerdos. También aproveché para recoger en El Corte Inglés la entrada del concierto de Mónica Naranjo del sábado siguiente que saqué por Internet. A continuación pillé el metro yo solito y me planté en el portal de la casa de Chequebo a esperar que regresara de trabajar.

Hacía prácticamente un año que no nos veíamos, desde la visita motivada por el concierto de Madonna al que acudí con Orlando. Pero el contacto desde entonces ha sido continuo e intenso, por Facebook, el blog, algo de Messenger y fundamentalmente telefónico. Una cervecita viendo el CD que le grabé con las fotos que nos hicimos el año pasado y un poco de charla nos sirvió para ponernos un poco al día en persona.

Su vida ahora es tan distinta a no hace tanto tiempo... y tan envidiable. Se le ve tan bien... Cuanto me alegro. Chequebo es casi un paradigma del buen salir del armario. Sin prisas, pero firme en la decisión, y con suerte en los resultados: amigos, madre, conocidos... Y ha tenido suerte también con su media naranja. Yo he tenido suerte con él. Por descubrirlo, llegar a conocerlo y tenerlo como amigo. Y por mantenerlo, tras tantas decepciones y desapariciones. La vida es así...

Chequebo, como un buen amigo ha procurado hacerme sentir bien. Se lo agradezco. Aunque fueran apenas cinco días acoger a alguien en tu casa siempre conlleva algunas molestias, aunque solo sea por el hecho de alterar la rutina diaria de la convivencia de pareja, que ya es mucho. Lo cierto es que su chico es un encanto y no me han hecho sentir incomodo en ningún momento. Al mismo tiempo he intentado molestar lo menos posible.  Les agradezco su hospitalidad y sus atenciones.

Sin necesidad de hablarlo, Chequebo sabía que desde la ruptura con Orlando no ando bien. No es un secreto que no he vuelto a conocer varón. Sabe también de mi soledad y mis altibajos emocionales fustigados por el paso del tiempo. Y supo de mis recientes malos momentos en Madrid. Pero también sabe que soy muy agradecido y fácil de llevar, que con poquita cosa soy feliz, que intento salir adelante con mayor o menor fortuna, y que aunque pueda estar muy deprimido -a veces- soy fuerte para no caer en depresión y consigo levantarme cuantas veces caiga. No se le escapa que también estoy acostumbrado a disimular, a pesar de no servirme de mucho, pues aunque me esfuerce acaban por pillarme el bajonazo. Es mi sino.

Quizás por eso se esforzó en no dejarme solo. Tarea en la que colaboraron su chico, Alf, y dos buenos nuevos amigos a los que me hacía mucha ilusión ver tras una dilatada relación bloguera y por Facebook. Me refiero a los encantadores Fran y Rafa.

El Forrest Hollywood (situado por cierto justo al lado del hotel donde nos hospedamos Orlando y yo el año anterior) nos sirvió de punto de encuentro para conocernos en una agradable cena que nos sirvió para romper el hielo, diluido poco después del todo con una copa en el Café Lisboa, por el Carmen. Hubo feeling, al menos por mi parte.

Creo que al tímido chico de Chequebo es a quien más le costó entrar. Hoy puedo decir que Alf le pega a Chequebo. Es un buen complemento. Se le ve buen niño. Cariñoso, con un punto de inocencia que le da un cierto encanto, y una pizca de inmadurez -natural, dada su juventud- y que el tiempo moldeará en su carácter.

Tuve, al compartir con ellos ratos de casa, coche, comidas, visitas, etc., una agradable sensación de cotidianidad, como si no nos separaran ni tantos kilómetros ni tanto tiempo sin vernos y eso me hizo sentir bien, y poco inseguro.

Lo más importante es que se quieren. Y eso se nota.

Podría decir lo mismo de Fran y Rafa. Tenía ilusión por verlos. Fran tiene la habilidad de emocionarme con sus posts, sobre todo últimamente. Y a través de lo que dice, de lo que le comentan, y de las fotos que otros encuentros como los celebrados con Miguel y JC mostraban, tenía mucha curiosidad por conocerlos. Una curiosidad que ha quedado más que satisfecha, gratamente.

Ambos son de esas personas que agradeces encontrar en la vida. Hacen una magnífica pareja. Fran tiene unas ocurrencias superdivertidas y Rafa una forma de ser que me recordó mucho a Orlando, incluso en la forma de vestir. Me ha encantado haberlos conocerlos. (Jajajaja, tenía que poner este pequeño guiño de complicidad solo para entendidos).

Al día siguiente, viernes, tras desayunar con Alf, nada más bajarme del metro en Colom me llamó Fran que salía de trabajar y se ofrecía para darme una pequeña ruta por la ciudad. Lo cierto es que me gustó mucho, por su siempre agradable compañía y porque recorrí una parte de la ciudad que en la visita anterior no tuve tiempo de conocer: el chulísimo Mercado de Colom, las cercanas calles de tiendas fashion, el Museo del Marques de Dos Aguas, la inesperada Casa de los gatos, el IVAN, el Jardín Botánico, los Jardines de las Hespérides con su variedad de naranjos y el café San Jaume. Solo me faltó subir a las Torres de Serrano para ver las vistas (con lo que me gusta a mi una panorámica...) pero hacía mucho calor y encima había que pagar.

Justo allí al lado se incorporó Chequebo con quien almorzamos en Atmosphère, el restaurante del Instituto Francés de Valencia al que nos llevó Fran y comimos rico por muy buen precio, y donde la simpática camarera se empeñó en que yo ya había estado allí antes. Es lo que tiene tener una cara tan común, digo yo...

Desde allí, tras retirarse Fran, le eché valor y me monté en el trasatlántico que por motocicleta tiene Chequebo, para dirigirnos hacia la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Fue una experiencia interesante, aunque confieso que me siguen dando miedo. Después de todo, ante un percance, el chasis es tu piel. Pero ahí que me fui, con dos coj...

El año pasado tuvimos problemas con las entradas por un malentendido con los horarios proporcionados por la Fnac y finalmente solo pudimos ver el Hemisferic. Esta vez tocó el Oceanográfico. Fue una estupenda visita por los diferentes espacios naturales del planeta con vida animal acuática. Encantadora la beluga, divertidos los pingüinos Juanitos, curiosos los flamencos,  muy tierna la guardería de aves, tremendas las focas, impresionantes los tiburones, y muy chulos los acuarios y su variedad de peces. Lo mejor los delfines, y sobre todo Fran, uno de sus entrenadores. ¡Vaya cuerpo!

Salimos contentos pero cansados. Por la noche, y tras plancharle una camisa a Chequebo (que para eso uno es buena maruja del sur, donde lo planchamos todo), tapeo con Alf, un heladito rápido, y una pequeña vuelta por El Carmen con Fran. Decidimos entrar al Café de las Horas, donde nos atendió un camarero-modenna y en animada charla disfrutamos de una rica Agua de Valencia, al lado de una drag que parecía recién expulsada del Edén, con tanta hojarasca. Nos fuimos a casa cuando cerraron el local.

Para seguir bien el juego, y parafraseando aquella canción de ¡que el ritmo no pare!, el sábado nos dispusimos a echar una intensa jornada que nos llevó hasta la Albufera, primero por el pintoresco Puerto de Catarroja, donde es imposible no recordar aquella antigua serie de Cañas y barro, y luego por El Palmar, donde me hice fotos ante una auténtica barraca y tuvimos oportunidad de comer en L´Illa un magnífico arroz a banda (sin alioli, cachis), además de otras excelentes viandas por un chollo de precio, oiga. Fue agradable ver que, como en otras partes de la ciudad, la visibilidad gay es cada vez más evidente, incluso lejos del centro.

De regreso a Valencia, una breve vuelta por los Jardines de los Viveros y una indispensable parada en Alboraya donde degustar la auténtica horchata, con sus correspondientes farton y tonet, en Daniel. Ogrgrgr, ay omá que rico...

Tras una breve y tardía siesta, maquearnos, y charlar un ratillo con Alberto para ver que tal le iba, llegó el momento del concierto de Mónica Naranjo. Me encantó. El auditorio en su mayoría lleno de gays, pero también con público variado. Ella en su papel. Su voz espectacular. La adaptación musical excelente. El concierto muy chulo. Me llegó a emocionar (ya sabeis que soy de lagrimeo fácil), especialmente con su Siempre fuiste mío. Ah, y el chico de los timbales monísimo, jajaja. Aunque me quedo con el camarero del Burger de Aragó, donde terminamos cenando ya a las tantas, bajito, de ojos claros, delgadito, guapillo sin ser un bellezón... vamos, que me moló. Tanto que creo el pobre se sintió abrumado con tanto mirarlo.

Poco después, con Fran y Rafa, tomamos una copa en el So and Go, un local de ambiente cercano a Deseo 54. Allí me dio el bajón habitual entre tanto chico guapo y tipazos varios, y encima con dos parejas. Aunque intenté disimular. Eso sí, me negué a ir a Deseo, en parte porque no me moló la música el año anterior, y sobre todo porque me siento incomodo en ese tipo de sitios, donde alguien como yo es transparente, por no decir que estorba.

El domingo tocó ir a la Playa de La Malvarosa, donde ¡por fin! pude bañarme en el Mediterráneo de agua templada y tomar algo el sol hasta la hora de comer, cosa que hicimos en el Surf, en pleno paseo marítimo. Por la noche cenamos con Fran y Rafa en La Rentaora (que me encantó por la comida y el buen rollito lésbico que destila) y la copa de despedida la hicimos en el San Jaume. Allí hubo miraditas con un chaval barbudo de una mesa cercana, de esas que no llegan a ningún sitio.

El lunes pasé casi todo el día solito, pero no se me hizo nada pesado ni me asaltaron las neuras que Mikgel no me entiende. Aproveché para dormir (me rondaron sueños eróticos, no se yo porqué...), dar una vuelta por la Fnac, donde compré el libro Carta de un padre homosexual a su hija, de Daniele Scalise, para la vuelta en tren del día siguiente (y que también me ha gustado mucho), me perdí por El Carmen, terminé comiendo chimichurri de pollo y de postre una explosión de chocolate en Botanero, y me despedí de las calles del centro de Valencia quien sabe hasta cuando...

Por la noche, despedida de Chequebo y su chico con unas cervezas en el Veu Veu (por fin frías, que trabajito me costó encontrar un sitio donde las pusieran así, caray ) y a hacer la maleta, no sin cierta penilla, pero cansado y satisfecho por unos días fantásticos.

En la partida de parchis tocaba dejar la ficha de nuevo en casa. Al día siguiente casi nueve horas de viaje hasta regresar a Sevilla. Durante el recorrido, la peli de El último mago, el libro ya mencionado, la atronadora voz de una pasajera trans brasileira, una yonqui pesada dando vueltas, un jovencito universitario popero y pijo y otro hippy con barbita de tres días con los que alegrar la vista, y muchos recuerdos.

Han sido unos días inolvidables, por el reencuentro con Chequebo, por los encuentros de amigos inesperados, por la compañía, por el no parar, por el tanto comer, por la emoción del Adagio de Mónica, por los chicos guapos que se encuentra uno, por los paisajes valencianos, por el paisaje interior...

¡Amunt Valencia y su buena gente!

Gracias a todos por vuestra acogida. Os espero en Sevilla.

Ahora a tirar otra vez el dado.