No es fácil echar la vista atrás en el calendario y comprobar que la mayor parte de los fines de semanas del año, especialmente los que coinciden con periodos festivos o se alargan con puentes, van siendo cada vez más frecuentemente tan tristes, vacíos y solitarios como este en el que escribo.   

Quizás por ello sepa valorar tanto, frente a los días oscuros, aquellos otros con mucha luz e intenso color, en los que se suceden la buena compañía y las muchas cosas agradables por hacer y en los que compartir, como el vivido la semana pasada.

Hacía mucho tiempo que no tenía ese pequeño cosquilleo de nerviosismo que durante toda mi vida me acompaña junto a los acontecimientos novedosos o inesperados, desde los más sencillos a los más cruciales: inicios de curso, estrenar, recibir algo que anhelo, aventurarme en lo desconocido, vencer la timidez ante lo que me entusiasma, tener suerte en algo, enfrentarme a retos, que me den una sorpresa agradable, conocer a alguien...

Precisamente en esta ocasión el cosquilleo venía de la mano de un primer encuentro con un bloguero a quien tenía muchas ganas de conocer en persona desde hacía tiempo. Alguien que había despertado mi interés por lo que contaba y sobre todo por cómo lo contaba. 

Dar con Jagg, como con tantos otros, fue un acontecimiento marcado por el puro azar, y permanecer fiel a sus escritos un ejercicio de puro interés motivado por las emociones que sus palabras provocaban en mi, algo que no demasiados logran.

Hacía tiempo que seguía su blog, nos habíamos intercambiado algún que otro comentario, pero quizás por la timidez mutua costó empezar a tener una relación mas cercana a través de correo y móvil, hasta que al fin una visita suya a la ciudad del río verde propició el primer encuentro en un fin de semana que resultó para mi muy especial.  

Nos citamos el viernes para almorzar juntos.Tras una ajetreada jornada de trabajo, me hubiera gustado disponer de tiempo suficiente antes de quedar con él para pasarme antes por casa, darme duchita rápida y cambiarme de ropa, pero Jagg me mandó un mensajito al móvil diciendo que estaría en la estación de autobuses del Prado apenas un cuarto de hora después de mi hora de salida, así que para allá me fui directamente desde el trabajo.

Estaba a las puertas de la estación guardando algo en mi billetero cuando sin apenas percatarme de su presencia apareció de pronto ante mi saludando, justo al tiempo que yo andaba en mis pensamientos pregundome si nos reconoceríamos con facilidad. Confesé, poco después, que en las fotos me parecía mayor y no le hacían justicia pero se le reconocía muy bien y me hizo gracia su confesión de que me esperaba menos delgado. Por supuesto no pude dejar de preguntarme: ¿pero que imagen de vaca gorda doy yo de mi mismo o en las fotos??????, por Diossssssss...)

Decidí que lo mejor era acudir en metro hasta el VIPS de Viapol para comer. No estaba demasiado lejos del Prado (está solo a una parada de distancia) pero me dio apuro verlo cargado con su mochila, además así le enseñaba las instalaciones del moderno suburbano de Sevilla.

Ya en el VIPS empezamos a charlar animadamente, con confianza de haberlo hecho antes, aunque solo hubiera sido en conversación telefónica. No fue difícil encontrar una pronta sensación de empatía con él.

Viendo la carta del restaurante le recomendé el gustoso chivito de la pampa, mientras yo me decantaba por una insípida ensalada cesar en la que solo sobresalían los pocos trozos de pollo rebozado sobre un enorme y cansino lecho de lechuga y mayonesa. No la vuelvo a pedir en mi vida.

Para postre decidimos que lo mejor era dar un paseo hasta el centro donde tomar un café. Regresamos, pues, a pie desde Viapol hasta El Prado pero de nuevo me dio cosilla por el peso de la mochila y me pareció oportuno entonces invitarle a tomar el tranvía hasta la Plaza Nueva. Durante todo el trayecto protagonizamos un entretenido duelo de espadas lenguarinas, ya que ambos somos parlanchines (aunque de los que también saben escuchar).

Fue idea de Jagg acercarnos hasta la tienda Nespresso donde, por lo visto, dan a probar una tacita de café de alguno de sus sabores a los clientes, cosa que me dio un poquito de vergüenza porque no llevábamos pinta precisamente de ir a comprar mucho. Allí coincidimos con el televisivo periodista local Joaquín Petit junto al que -sin ningún pudor- osamos criticar la actual situación de los medios de comunicación y la personalidad de algunos conocidos periodistas que he tenido la suerte de tratar.

Tras el café, aún faltaba tiempo hasta la apertura de las casetas de la Feria del libro, así que decidimos acercarnos hasta la Fnac para dar una socorrida vuelta entre sus libros y DVDs, aunque mi encuentro con una amiga con quien departí un buen rato hizo que finalmente diera más bien la vuelta él solo. Al salir propuse tomar un helado en La Fiorentina, donde la variedad es más original que en Raya, con helados de romero, hierbabuena, rebujito, pestiño, torrija, palmera de huevo o torta de aceite, por poner algunos ejemplos.  

Aún tuvimos que esperar un buen rato, degustando distintos sabores -él en su tarrina y yo con un cucurucho de chocolate del que me encapriché- y charlando sobre series de TV, hasta que levantaron su cierre las casetas de la Feria del libro.

La primera cita fue con la Libreria Mira, presente este año por primera vez, y que suscitaba mi interés por anunciarse como especialista en literatura gay. Es de agradecer saber que cuenta uno con algún local en la ciudad donde poder saciar la curiosidad o interés en "este tipo de libros" como los denominaba el chico que atendía el stand donde podían verse volúmenes de Odisea y otras publicaciones con esta temática que a la mayoría de las librerías les cuesta trabajar. Lo malo es que tiene su sede en un barrio bastante alejado del mío, aunque el chico del stand también proporcionaba separadores en los que se informa de que tienen página web. Ya comentaré si me paso por ella.  

El recorrido por el resto de la Feria del Libro fue interesante, sobresaliendo las ediciones de libros infantiles que tanto nos llamó la atención y algún que otro expositor con volúmenes ciertamente atractivos. El paseo por toda la Feria nos sirvió para intercambiar comentarios sobre nuestros distintos autores favoritos. En mi caso, uno de ellos es Benedetti, sobre el que hablábamos sin apenas imaginar que pocas horas después íbamos a tener noticia de su fallecimiento y yo me acercaría -otra vez- a leer los versos del No te salves, en su memoria.

Poco a poco pasó la tarde y se fue  acercando la hora en que Jagg debía volver a la estación para coger el autobús que le llevaría a casa. De modo que echamos a andar por la Avenida de la Constitución y la calle San Fernando hasta la Hostería del Prado donde tomamos un Nestea para despedirnos. Fue una tarde muy agradable, tanto como conocerle.

Tras dejarlo en su bus (no se si sería el nº 9) estaba tan cansado que finalmente no acudí a una fiesta a la que me habían invitado por motivos de trabajo y que organizaba Pullmantour, en una carpa montada junto a la Estación de Santa Justa, para promocionar sus viajes en crucero y que además de ofrecer barra libre contaba con la actuación del grupo Taxi. Una pena, pero no tenía cuerpo y además no me apetecía ir solo.

Sustituí la fiesta por mi ansiada ducha y un posterior maratón con las pelis de Indiana Jones que me hizo acostar un poquito tarde.

Lo primero que hice a la mañana siguiente fue llamar por teléfono a mi buen amigo Chequebo para felicitarle por su cumpleaños. Me gusta hablar con él, y aunque ahora anda con menos tiempo libre por aquello del noviete y nuestras conversaciones son menos frecuentes y duraderas, no deja de encontrar de vez en cuando algo de tiempo para charlar un ratillo, lo que agradezco muchísimo. Por cierto que tuvo mucha gracia cierto asunto sobre postales que llegan y no llegan. Me alegro (y le envidio) que le vaya tan bien.

Por la tarde renuncié a ir al gym para quedar con Mikgel, porque venía del pueblo pero no podía quedarse hasta muy tarde. Lo recogí en la Fnac y luego tomamos un refresco, haciendo tiempo hasta que abrieran los stands de la Feria del Libro, en mi querido café Trajano. Desde sus ventanales vi pasar -no sin cierta sorpresa- a Absollut, a quien no veía desde la aquella añorada primera quedada de Madrid. Parecía ir en dirección a la Alameda y lo vi algo cambiado. Me hubiera gustado mucho saludarlo, pero por mi inseguridad o timidez me dio un poco de corte al ver que iba acompañado y en estos casos no me gusta molestar.

Poco después nos dirigimos a la Feria del Libro donde me animé a comprar uno que me pareció interesante sobre la radio en Sevilla. No se si era por el calor, la crisis o porque había varios puntos de ocio e interés a los que acudir en la ciudad, pero apenas había gente en la Feria, algo que nos llamó mucho la atención, así que tardamos poco en recorrerla y eso nos permitió tomar algo en La Fioretina. Esta vez yo preferí una granizada y él un helado al que siguió un tranquilo paseo hasta el Prado de San Sebastián donde llegamos tras encontrarnos con numerosas procesiones de las típicas cruces de mayo. Mikgel pilló allí una sevibici con la que desplazarse hasta la estación de trenes y yo aproveché para ver algo del Mercado medieval que habían instalado en el Prado y que "lamentablemente" congregaba a más gente que la Feria del libro.

Por la noche se celebraba Eurovisión, que vi solito en casa, cuando en realidad me hubiera encantado hacerlo en alguna reunión cachonda de amigos como la que organizó Alberto en Zaragoza para la ocasión. Claro que para eso tienen que acordarse de uno y, como hoy le decía a Sergio, ya suelo estar acostumbrado a parecer a ojos de los demás como invisible. Y aunque, como le decía la maestra a Ana de las Tejas Verdes (otro de los maratones de series de mi juventud que me he tragado las últimas horas) "los buenos amigos están juntos en espíritu", eso no consuela demasiado cuando descubres que los que se suponen son tus amigos se olvidan o no consideran invitarte a sus fiestas y reuniones, sobre todo si saben de tu soledad. 

Para esquivar precisamente su sensación por un rato, decidí ver el domingo por la tarde en el Cine Cervantes la película Ángeles y demonios que me entretuvo bastante. Justo al salir recibí con sorpresa -y mucha ilusión- una llamada de Shiquillo a quien junto a Gaby no los veía desde el cumpleaños de Mikgel allá por el pasado mes de octubre. Ya que coincidía que andábamos ambos por el centro aprovechamos para quedar y saludarnos, lo que me permitió volver a ver también a sus cariñosas amigas.

Camino de la catedral, donde se me ocurrió podíamos quedar en vernos, me encontré con una concurridísima procesión de gloria (muy habituales en mayo en Sevilla), con la imagen del Corazón de Jesús,  así que preferí llamarlos para encontranos mejor junto a la Torre del Oro.

Tras saludarnos y presentarme a una de sus amigas de origen francés, tomamos una cervecita en la Taberna de Álvaro Perejil para más tarde tropezarnos con otra procesión, en este caso la de la Virgen de la Alegría, que llamó mucho la atención de la francesita y a la que luego enseñamos los baños árabes de la calle Aire y el besamanos de la Virgen de las Nieves en Santa Maria la Blanca. Hay cosas en Sevilla que nunca cambian, pero eso es como dice Mikgel, lo que hace a esta ciudad ciertamente única. Y está visto que a cuantos vienen de fuera les encanta.

En la Puerta de la Carne degustamos un típico pescaito frito y disfrutamos de una animada charla antes de pasear por los Jardines de Murillo -donde cariñosos arrumacos entre Shiquillo y su novio me enternecieron- mientras comentábamos de un próximo concierto de Green Day en Madrid o los preparativos del Orgullo en Sevilla, camino del mercado medieval en el que me despedí con mucha alegría por haber vuelto a verlos después de tanto tiempo.

Un fin de semana de los que me dejan buen recuerdo y que ojalá se dieran con más frecuencia.

Así fue y así se lo hemos contado.

Gracias a todos los que lo hicieron posible y a cuantos se han interesado por leerlo.


Pd. Dedicado con cariño:

A Vulcano, por su petición.

A Koeps, Alberto y Chequebo, por sus llamadas.

A Jagg, por venir, por sus mensajes y por los enlaces de descargas.

Y a Manu (osea, yo mismo) por escribirlo, aunque le costara tanto. O quizás más por eso.