Romperé el silencio.

Aunque en realidad estuviera revestido de esos gritos que nadie acaba por oír. Será que mi garganta está áfona o que es fácil hacer oídos sordos.

Lo confieso, me ha costado escribir. Explicarme. Decirte. Y contar. Sincerarme.

Habrá que adivinarme.

Ahora mismo se me hace un mundo hacer planteamientos y una considerable "cuesta arriba" hacer proposiciones. Por no hablar de tomar decisiones... Y si las tomo, yerro o solo disimulo. Lo cierto es que ando últimamente sin fuerzas hasta para eso. Estoy lost.

Añoro el riesgo de los comienzos. Tal vez el hierro de la experiencia de todo aquel tiempo de enfilar nuevo rumbo, que coinciden además con la senda bloguera, me dejara la brújula imantada, a base de expectativas y decepciones, de subidas y bajadas de la montaña rusa de sentimientos y emocionee, de amor y desamor.

Este armario no ha dejado nunca de ser un diario, y las últimas entradas al mismo -aunque parezcan erráticas- no dejan de surcar un camino marcado por líneas definidas de auténtico "reality blog" y ahora mismo me hallo mas en Supervivientes que en Gran Hermano. 

Seguramente las naranjas han sufrido las heladas de este duro invierno. Y yo un hartazgo de nubes y frío. Necesito sol, sobre todo por dentro. Quisiera volver a arder, que se derritan los hielos, pero...

Menos mal que parece se alejan las borrascas, al menos las exteriores. A ver si pronto brota el azahar. La primavera me sienta bien. ¿Dónde están mis flores? Solo queda el recuerdo de aquella flor de otoño.

Me he dejado embriagar por el olor y la belleza de algunas con tallo isleño, salvaje, silvestres, madroños y hasta de hojas retorcidas. Todas con espinas. Reconozco que ahora me llama más la atención la flor de la granada, quizás por su fruta, diminuta, jugosita por dentro, de grato sabor. Debe estar muy rica con un poco de azuquita por encima, si se animara a desgranarse. Pero no acaba de madurar la cosa. Soy torpe para esto. Y muy iluso.

Me envuelvo críptico. Pero en el fondo soy muy transparente, aunque las interpretaciones de otros con frecuencia no sean las adecuadas. Ya estoy acostumbrado. A veces duele, otras ahoga en su impotencia, hasta hace gracia por lo ocurrente, pero en el fondo produce desasosiego. Sobre todo porque me escondo tras metáforas, alegorías, símbolos, juegos retóricos y circunloquios.   

No solo práctico ejercicios en el gym, también los tengo de soledad. Por obligación, devoción o acomodación. Me da por no llamar. Ni hacer intentos, siquiera. Juego al escondite sin conexión. No se que comentar. Y a veces no se ni leer.

En la nueva red social de moda pongo letras de canciones en fotos que van y vienen en el tiempo, asomadas a las ventanas de seres que responden mas que nada si están lejos.

Me preocupo por ellos. Y me intereso. Hasta me alegro, aunque provoquen inesperados recuerdos.

Me esfuerzo en cambiar, por hartazgo mas que nada, y actuar según lo hacen conmigo. Cuesta. Pero estoy en ello. Antes me dolía ser incomprendido, ahora me duele más que me tomen por tonto. Haga lo que haga el resultado nunca me dará satisfacción. Aunque quizás me sirva de excusa para evitar tanto lamento interno. Supongo que empeoro con la edad, y en vez de ser "tan así" ahora me hago "tan osea". Se me hace raro.

Por fin terminé El blog del inquisidor, y aunque no ha resultado tan bueno como esperaba me ha revelado un par de aspectos de la vida interesantes, sobre contables y pródigos, amores que curan y amores que dañan...

Tengo sueños eróticos, probablemente causados por la sequía física. También tengo sueños tenebristas, posiblemente originados por riada emocional (la sombra por el peso y la carga de la dependencia y la enfermedad esalargada). Ambos me sorprenden de madrugada, entre extrañas vicisitudes. Y me traen recuerdos.

Quizás por ello, ando en laberintos interiores, dando vueltas sin rumbo y sin brújula, sin saber leer las estrellas, sin abrigo, sin alimento, y sin medicinas. Desnudo. Como un minotauro al que han ido haciendo entre todos cada vez mas salvaje. Hay quien se asusta al verlo, seguramente porque se queda en lo grotesco de su aparentemente extraña naturaleza. No se han percatado de su mirar triste por encima de un muro que nadie se atreve a derribar.

Los laberintos parecen no tener fin, pero en ellos siempre hay una salida. La cuestión es echar tiempo hasta encontrarla. Y cómo llegar a ella.   

Yo quisiera tener hilos, para escapar, para tejer, para crear. Y encontrar rueca que me de formas y agujas que me enlacen. Y hacerme de colores. Vivos y alegres, sin luto. Ya está bien de negro.     

Mi corazón lleva una temporada que tiene humor de ese color. Se acelera. Y se acelera. El experto que lo lee lo encuentra plano, pero advierte que solo a galope puede el vaquero caer en el rodeo. Y sigue en su ritmo alto, sin frenos. Aún así responde. Sobre todo cuando lo llaman.

No dejo de pensar en el momento en que se pare. Para siempre.

Tranquilo si al leer esto no sabes que comentar.

No tienes porque romper tu silencio.