La vida no se mide por las veces que respiras, sino por aquellos momentos que te dejan sin aliento...
Yo hace meses que apenas suspiro.
Ya no respiro igual. Me falta oxígeno.
Y por dentro, mi corazón no late a un ritmo normal.
Sigue, de algún modo, parado. Y el sonido de su latido es una triste melodía, la del desamor.
Aún no se como soy capaz de llevar esto como lo llevo. Ni espero que nadie sea capaz de comprenderme. Ni se acerque siquiera a entender mis razones, mis motivos, mis necesidades de mantener este estatus de cercanía de naturaleza forzosamente dolorosa y que se hace balsámica a un tiempo.
No me hace falta cerrar los ojos para recordar. Desde entonces tengo un "Repeat" permanente cada vez que me encierro entre las sábanas, viendo la vida pasar desde la ventanilla del autobús, ante la pantalla de un ordenador, o escuchando las canciones de las películas de Almodóvar mientras faeno en la casa.
Esperaba ansioso su venida y creía que aquel iba a ser un fin de semana estupendo. Y sin embargo... eso sí, se convirtió en uno que jamás podré olvidar.
Aquel viernes tuve que tomar un refresco con algunos de los famosos amigos homófobos a los que ya apenas veo (ni ganas que me embargan) pero se hace complicado decir un no, a veces.
Me escabullí en cuanto pude y me fui presuroso a apostarme en aquel lugar de las primeras citas, donde me recogía con su coche. El mismo lugar donde -como una vez le escuché decir a mi amigo Edu- me hacía sentir un millón de mariposas en el estomago cada vez que aparecía en su coche, como si fuera el primer día que nos viésemos. Una sensación que no me ha abandonado todavía y ni siquiera se si seré capaz de evitarla algún día.
Allí pasé un frío tremendo, casi presagiando el que posteriormente vendría a rodearme en los días mas tristes desde la muerte de mi madre.
Aquel frío se convirtió en cálida compañía al ver la luz de sus ojos, sentir el roce de sus dedos, el sabor de sus labios, el olor de su aroma personal... y se reafirmó en las complicidades de tantas otras veces: la potra al poder aparcar donde siempre, la paradita en el Trajano, las copas en el Moma al que por fin le pude llevar sin el éxito esperado, quizás de nuevo presagiando el fracaso de un fin de semana que no llegó a ser el ideado.
Volvimos a dormir juntos en casa, como en verano, cuando tenía que poner el aire acondicionado para aliviar las calores, o me ponía nervioso al entrar en el bloque por las vecinas cotillas, como cuando aquella pobre loca apenas nos dejó descansar con sus voces en la calle, o me abrazaba para dormir (lo que mas echo de menos por encima de tantas cosas).
Apenas dos horas después de separarnos, para que atendiera sus asuntos personales y darle su espacio, de nuevo juntos nos fuimos de tiendas al Nervión Plaza, donde tomé nota de su posible regalo de cumpleaños, aunque resultara carísimo, y que al final le hice, a pesar de todo.
Tras visitar nuestros inevitables Cortefiel, Massimo Dutti, Zara... me sorprendió, en Douglas, regalándome un perfume que me gustaba: Allure de Chanel, que usé por un tiempo y sustituyó a la veraniega Happy de Clinique.
Tras las compras era hora de cenar. Y aunque hubo que esperar resultó una de las cenas mas agradables y divertidas que recuerdo, que no me podía hacer pensar lo que me esperaba. Supongo que influyó mucho el efecto del lambrusco, y ayudó una complicidad extraordinaria con los camareros de Il Forno, así como la curiosa compañía de Aitor Trigos, su amigo Emilio "el tirantes", y otros, en animada y cercana mesa.
A la cena siguió una copa en Bauhaus. Quien sabe si el destino quiso jugar con ambos dirigiendo nuestros pasos hasta allí. Para cerrar el círculo, donde todo empezó...
El domingo fue la última vez que lo tuve entre mis brazos. La última vez que me hizo estremecer con las caricias de las yemas de sus dedos. Y la última vez que me abrazó al dormir.
El resto de la jornada fue tranquila, casera, divertida, compartiendo el ordenador, viendo y escuchando chorradas y divertidas secuencias de Melissa Hyndel y la terremoto, o videos de Madonna en Youtube.
Últimas horas de felicidad.
Se fue recibiendo el abrazo mas sentido de mi vida.
Al día siguiente, tras almorzar juntos... viví el momento sentimental mas duro y triste que recuerdo. Con diferencia.
- Manu, tenemos que hablar...
Por segunda vez escuché esa frase de sus labios. Oírla la primera vez no resultó para nada tan dolorosa. Y resultó útil para aclarar cierto malentendido y que se lanzara a la piscina.
Esta vez, de tanto nadar en las aguas de mi corazón, escucharla ocasionó que se grabaran a fuego en mi interior. Como cuando se marca al ganado. Una marca que es ya para siempre.
¿Y no es el amor como una huella de tizón ardiente en el corazón?
- Manu, tenemos que hablar...
Y mientras decía esto se echó a llorar.
Y sus lágrimas, como un virus, navegaron por mi sistema nervioso, anticipándome lo que no fui capaz de adivinar, ni sospechar, ni imaginar nunca.
Si no me quisiera hubiera sido más fácil. Por eso lloraba. Me veía cada vez mas enamorado y él empezaba a sentir distinto a como había sido antes.
¿Por qué?
Quien lo sabe...
La distancia, el cansancio, se dejó llevar, todo fue un espejismo interior, se dio cuenta tarde de que yo no era lo que realmente necesitaba o esperaba o quería, quizás fue culpa mía, mi incapacidad, no supe hacerlo como debía...
Poco importa ya.
Solo se que intenté en aquel momento permanecer sereno, acorde a la madurez que da la edad, pero acabé derrumbándome como un niño.
No creo que pueda nunca olvidar aquel gemido de impotencia y dolor que surgió de mi garganta tras vanos intentos de hacerme el fuerte y repetir una y otra vez "no pasa nada".
Claro que pasaba. Y en el peor momento. Justo antes de mi cumpleaños. En vísperas de Navidad. Con la ilusión que tenía... Casi seis meses después de conocernos. Cuando al fin había retraído mi inseguridad natural, me había convencido de que sus "me gustas" podían ser verdad, que yo podía gustarle a un chico mas joven, mas guapo, encantador, que podía interesarle mi compañía, mis mimos, mis atenciones de ser "tan así", mis cuidados, mis detalles. Cuando me sentía pleno, feliz, estaba alegre, me rondaba incluso la idea de salir del armario con la familia o quien hiciera falta. Cómo me haría sentir...
Precisamente por eso, por como me había comportado con él, le resultaba especialmente doloroso no sentir como antes.
Y yo...
Yo nunca me había sentido así. Nunca. Había sufrido anteriormente perdidas, y ausencias, pasé malos ratos, me llevé decepciones, viví momentos tristes, pero jamás comparables a lo que en ese momento sentí.
Me hundí. Me sentí tan tan mal como no puede nadie, ajeno a esta sensación, ser capaz de comprender. Sin dormir. Sin comer. Sin poder prestar atención a las cosas. Desatendiendo el trabajo. Abandonando los estudios. Sin cesar en el llanto. Acompañado de una permanente tristeza. Y aparentando que no pasaba nada.
Por lo que nos queríamos intentábamos seguir formando parte del presente de cada uno, aunque ya no fuera de la misma manera.
A partir de ese momento la lucha fue cómo conseguirlo.
Mantuve los viajes previstos a su casa en el puente y Navidad. Y ha sido duro, pero la prueba fue superada.
Somos -seremos- amigos, para siempre.
Ahora solo necesito dejar de estar enamorado.
Pensé que el tiempo ayudaría. O el hecho de no hablar todos los días como antes. No saber de él como antes. Asumir que tenemos que tratarnos ya de manera diferente. Recuperar el ritmo de vida cotidiano. Salir por ahí.
Pero pasaron los meses. Y yo seguía igual.
Tras cortar... a nadie fui con mi pena. Me lo tragué todo. Nada conté. Lo rumié en soledad.
Me costó volver a escribir aquí. Desmantelé el armario. Puse rumbo a donde el corazón nos lleve.
Y luego lo compartí. No se muy bien porqué.
Llamadme loco. Que rayo la estupidez. Un pobre bobo... pero le quiero tanto, me gusta tanto... que mi ser "tan así" se entorbellina para desear que en torno suyo solo pase lo mejor. Aunque no resulte ser yo.
Y tengo que agradecerle que me enseñara lo increíble que puede ser el amor. Aunque no lo creáis nunca lo había sabido hasta ahora. No como realmente es y finalmente supe gracias a estos maravillosos meses con él.
Como le hice saber, no me cansaría nunca de alabar su dulzura, su sinceridad, su cariño, su educación, su sentido del humor, su compañía, sus atenciones... para conmigo. Y le seguiré viendo guapísimo y queriéndole hasta que mis ojos se cierren para siempre.
Me hizo el hombre mas feliz del mundo. Nunca me habían hecho sentir así. Así no.
Por primera vez me sentí plenamente feliz.
Hasta entonces no me había sentido así. Las sensaciones habían sido diferentes. Era algo que siempre quise saber cómo sería. Y él consiguió que lo supiera.
Siempre le estaré agradecido por hacerme sentir así.
Y es una sensación que me acompañará siempre. Como el recuerdo de su mirada...
Aunque me duela no poder hacer nada porque vuelva a verme igual que antes... no dejaré de agradecer, al menos, poder continuar viendo el cariño de un gran amigo y la compañía de una buena persona en los ojos mas bonitos del mundo.
Los míos, por mucho tiempo que pase, siempre estarán atentos a un posible nuevo guiño, aunque sea ya de un párpado cansado y lleno de arrugitas. Allí estaré dispuesto, muy mayor y al tiempo "mu ssshico", para volver a sentirme como en aquel instante de El Bosque animado, como en aquellos otros momentos...
Y si no hubiera guiño... cerrarlos para siempre, tras ver los suyos una última vez, después de una vida llena de satisfacción por haber podido conservarlo a mi lado al menos como amigo, sin cansarme de verme reflejado en el brillo de sus ojos.

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