Con este post se cierra la serie de escritos en torno a un amor tan importante para mi como ha sido Orlando con el que despedí el pasado año. Poco queda ya por recordar. A punto de culminar esta antología de posts publicados en anteriores armarios intentaré resumir algo de lo ocurrido en los últimos meses hasta llegar a la actualidad. El próximo mes de octubre será ya buen momento de iniciar los nuevos posts en los que contar el día a día de las prendas y complementos que entran y salen de este armario abierto.

Uff, me sigue costando recordar aquellos momentos:

Le di un beso muy sentido.

Él me dio dos.

Nos abrazamos. Yo casi sin rozarle.

Y salí apresuradamente del automóvil.

Apenas le dejé que me invitará a volver a Madrid cuando yo quisiera. Dirigí hacia sus ojos los míos casi sin mantener la mirada. Le pedí que tuviera cuidado con la carretera, me bajé presuroso y asomándome un poco a la ventana le solté un "ya hablamos" que me costó horrores saliera de las cuerdas vocales. E intenté sonreír.

No fue una despedida tan cálida como debiera. Probablemente él se sorprendiera y esperara algo mas duradero, menos distante, o mas cómplice.

Pero tenía que salir del coche y alejarme como fuera. Antes de que la emoción me jugara una mala pasada.

Eché a andar hacia casa. Con la mirada baja y el corazón desbocado.

Y mientras la primera lágrima bajaba por mi mejilla tuve al fin el valor de mirar atrás y ver como se alejaba su coche. El mismo en el que la noche antes habíamos terminado una larguísima y necesaria conversación nacida unas horas antes al calor de una vela. Y que vi aparecer ilusionado en la puerta de casa después de tanto tiempo, unos días antes.

No nos veíamos desde diciembre.

En todo este tiempo el contacto se había hecho muy esporádico. Atendí sus llamadas y estuve para cuanto necesitó de mi en la distancia. Pero intenté alejarme todo lo posible esperando un cambio en mis sentimientos, para que se reconvirtieran en un cariño similar al suyo.

Sin embargo no fue así.

Sigo enamorado.

He de confesarlo en un día como el de hoy. Que remedio.

Intenté cambiarlo, ocultarlo, lograrlo...

Recé por ello todo este tiempo. Confié en el paso del tiempo, en la distancia, en el peso del dolor, en la lucha lógica por la supervivencia emocional.

Mas fue inútil. No fui capaz.

Seguí enamorado, en la distancia, y en silencio.

Por eso cuando me dijo que venía a Sevilla...

Imaginad lo que sentí al verle, ¡¡¡por fin!!! tras tanto tiempo sin perderme en la inmensidad del verde de sus ojos o en el paisaje de sus rasgos, acunando mi oído en su voz y respirando de nuevo su aroma.

Mi amigo Alberto llegó a pensar que tras su visita podíamos volver a estar juntos. Pero era algo que yo ya sabía imposible. Le conozco, mas de lo que él cree. Y no era algo que yo esperara, lo confieso con pesar.

Es curioso como dos personas que se quieren, que se entienden, y se llevan bien, pueden tener visiones completamente diferentes y hasta enfrentadas de sucesos ocurridos o palabras dichas. Y que importante es hablarlo todo. Aunque sea a destiempo.

Uno aprende hasta de estos momentos. Aunque la enseñanza no sea precisamente la de la asignatura que queremos.

Es hiriente comprobar que "la química" que hace a alguien fijar su atención, compartir su corazón y entregar su cuerpo a otro, pueda de repente desaparecer tal como apareció. Como un  truco de magia. Una magia inexplicable que ocasiona impotencia, desconcierto, desasosiego e infelicidad.

Pero ocurre. Y sin explicación lógica.

Lo hemos hablado. Cuando ya hacerlo no duele tanto.

Insiste en que nada hubo en mi que provocara eso. No fallé, no dejé de hacer ni hice algo que no debiera. Simplemente pasó. No hay mas.

Me olvidé de mi impotencia y mi sufrimiento por la pérdida de un amor. Y me puse en su lugar. Forma parte del ser "tan así..."

Es triste, muy triste, no ser capaz de sentirse unido a quien tan unido se muestra  a ti, que te mima y te cuida, que se desvive por ti.

Debe ser muy difícil sobrellevar esa impotencia. Pero solo desde la honestidad se puede hacer menos dolorosa y cargada de sinceridad.

Entendí su malestar. El mismo que se esforzó por hacerme entender. Y le vi con otros ojos, pero igual de enamorado. Y si alguien (porque no es correspondido) le quiere llamar obsesión, que diga lo que quiera. Yo le diría que sabe mucho de psicología y muy poco de amor. 

Sí, sigo enamorado de Orlando. No se por cuánto tiempo, cuándo pasara -si pasará- y cómo ser capaz de superarlo.

Pero es solo el paso del tiempo quien tiene la respuesta.

Para él es mas fácil, dentro de lo que cabe. Para mi es algo que aún me hace sentir mal.

No es que no valoré lo que tuvimos, el tiempo que pasamos juntos, lo maravilloso que fue. ¡¡¡Claro que eso significa quedarme con algo bueno que me hace feliz!!! Pero lo que me pone triste es precisamente no poder continuar sintiendo y experimentando eso.

Si a alguien que muchos años disfrutó del chocolate le diagnostican diabetes, y le prohíben volver a comerlo, no deja de valorar lo bueno que fue disfrutar de él mientras pudo precisamente porque ya no podrá volver a comerlo. Lo que realmente le crea insatisfacción es no poder seguir disfrutando de él.

Y a mi me han dejado sin el chocolate mas rico que probé nunca, y cuando mas disfrutaba de él.

Supongo que inevitablemente ello me hace estar triste, apenado, apagado.

Así me ha visto Orlando estos días. Triste. Esperaba verme mejor que en la pasada Navidad y sin embargo no ha sido así, a pesar de mis esfuerzos por aparentar y por intentar que lo pasara bien estos días de estancia en Sevilla.

Sí, llegó el viernes y nos hemos visto todos los días hasta la despedida que narré al inicio de este post.

Apareció guapísimo, y con un detallito, como suele ser habitual entre nosotros. Me regaló el cómic Huevos de oro de Ralph Köenig, para mi colección, y una enorme piruleta de plástico en forma de corazón con un montón de piruletas Fiesta de fresa en su interior. Como soy "mu shhhico..."

Dedicamos la tarde a pasear junto al río, y por el barrio de Triana, donde tomamos un cafetito con tarta. Poco después le acerqué hasta la Capilla de la Esperanza de Triana, donde compartimos unos minutos de espiritualidad que terminaron con una vela ofrecida, Dios sabe acompañada de qué oraciones por su parte. Las mías apenas tiene razón ya...

Volvimos a pasear por la ciudad en la que nos conocimos y en la que discurrieron los primeros meses de relación, aquellas semanas de verano en las que nos veíamos todos los días, y en las que compartimos tantas cosas juntos.

Solo que ya no era lo mismo.

Y sin embargo estamos bien juntos. ¿Cómo dejar de querernos tanto?

Le monté en el tranvía. Vimos escaparates. Fuimos de tiendas. Y acabamos en El Corte Ingles, donde me regaló un conmovedor libro que hacía tiempo quería leer: El niño con el pijama de rayas.

Tras una cervecita con su tapa, él debía volver con su familia y me llevó a casa. Nos despedimos para el día siguiente.

Pero al poco recibí un mensaje suyo: "¿Te hace mucho daño vernos?". Una pregunta que no se atrevió a hacerme personalmente.

Le contesté que le quería tanto que me haría mas daño no verle. Y que no se preocupara por mi.

Ya sabéis como soy.

No quise hablarlo hasta dos días después. El sábado lo dedicó a su familia y apenas salimos a cenar un ratillo. Lo vi cansado y no me pareció oportuno sacar el tema. Pero sí lo hice el domingo.

Fue curioso ese día. Nada mas aparcar, caminábamos por la Alameda cuando, de repente, aparece ante nosotros un individuo que se dirige a nosotros diciendo: ¡¡¡ olé, que me gusta ver las parejas guapas!!! O algo así. Como dando por hecho que estábamos juntos.

A parte del desconcierto lógico, no pude evitar pensar en si se nos notaba algo.

Tras una copa en El República, cenamos en La Tagliatella, donde se lamentó de verme tan triste. Fue el inicio de una conversación que teníamos pendiente, de la que ya he adelantado algo. Y que nos vino muy bien.

Y el lunes, desde que salí de trabajar, estuvimos juntos. Almorzamos en el San Marcos del barrio de Santa Cruz (donde por cierto parece alguno de los platos le provocó una incómoda indigestión), le llevé por buena parte de la ciudad que hasta entonces no había visitado. Y terminamos en la Basílica de la Esperanza Macarena.

De la Esperanza de su llegada a la Esperanza de su marcha. Aunque yo no tuviera ya ninguna en recuperar su amor. No deja de ser paradójico.

Mas paseo por la ciudad, nos hicimos fotos, de nuevo el tranvía, le acerqué a conocer el Vía Crucis de Cuaresma, y la confitería La Campana con su peculiar escaparate lleno de nazarenitos de chocolate y caramelo, a comprar dulces para llevar a casa, a la Fnac, y a una necesaria parada de descanso para tomar un refresco, antes de despedirnos, en la puerta de casa.

Como contaba al principio...

...le di un  beso muy sentido... él me dio dos...

... nos abrazamos. Yo casi sin rozarle...

...Y salí apresuradamente...

Estoy aprendiendo lo que es el amor incondicional, a querer sin esperar nada a cambio.

Es curioso, me siento menos triste.