Hacía mas de 15 días que no veía a Orlando. En concreto, desde que estuvimos en Madrid disfrutando de un fin de semana en compañía de Alberto, Antonio, Vulcano, Antinoo, el italiano Sergio, y algunos amigos de los primeros. Y se me hacía muuuuuuy duro. Tenía un síndrome de abstinencia afectiva bestial.

Estando allí por aquel entonces,  precisamente, le surgió la oportunidad de trabajar en la capital del reino. Le comenté que tenía un pálpito, que iba a tener suerte. No se lo quería creer. Y así fue. Le contrataron y en pocos días se vio allí en una pensión mientras buscaba piso.

Poco le podía ayudar yo desde Sevilla (donde nos conocimos y empezamos a intimar)  mas que respetando y apoyando sus decisiones, interesándome por su estado de ánimo y haciéndolo reír en la distancia, con mis cosas, para que no se sintiera solito ni desarraigado.

Le echaba muchisisisisimo de menos. Por eso, en cuanto tuve la oportunidad de ir para allá un fin de semana lo aproveché. Renuncié a  poder estar de nuevo con Vulcano que venía para Sevilla. Y a dos entradas estupendas de Closer, con Belén Rueda, en el Teatro Lope de Vega, que tuve que malvender de prisa y corriendo. Me disculpé con unos amigos íntimos por no poder acudir a una celebración familiar importante a la que estaba invitado. Y tampoco pude ir a celebrar el cumpleaños de Mikgel, al que aprovecho para felicitar de nuevo.

Pero como él mismo me dijo cuando lo llamé por teléfono para felicitarlo, lo primero es lo primero. Y está claro que Orlando debía ser mi prioridad, y todo esfuerzo que hiciera por él valía la pena. Sobre todo en las circunstancias en las que estaba, solo en Madrid, sin conocer a nadie, muy liado con el trabajo, buscando piso, etc. Necesitábamos un poco de ocio, cariñoterapia y relax mutuo... pero las cosas no son como uno propone sino como al final se disponen. Y cuando ya tenía sacado el billete de AVE resulta que al niño en su nuevo curro le ponen unas guardias que apenas nos iban a permitir estar tiempo juntos. Aún así y siendo yo tan así... tiré hacia delante con el plan inicial.

Llegué a Atocha el viernes por la tarde donde me recibió con una sonrisa. Apenas un piquito en la estación, y se me fue corriendo a ver pisos mientras yo me trasladaba a la pensión. Al llegar a Fuencarral me topo con Maxin Huerta y casi le paro para hablarle de su blog, pero no era el momento.

Tras regresar Orlando, ya tardecillo, un poco de conversación íntima, una duchita rápida, y emperifollarnos para cenar en plan tranquilo y volver prontito pues él se levantaba temprano para currar.

Lo mejor fue cuando me vio arregladito con mi camisa blanca, mi chaquetita de punto de rayas, mis pitillos negros (todo de Zara) y mis zapatillas grises de Pull &Bear, y me suelta un  "estás muy guapo" que me llegó muuuuu adentro. Me encanta que me diga cosas así, aunque no acabe de creérmelas. Aquí el bellezón es él.

No podía evitar pensar, a menudo, que se merecía estar con  alguien mas joven que yo, mas guapo, con mejor tipo, mas dinero, y mas atractivo que yo. Que es lo que se merece. Aunque sería difícil que le quisiera mas que yo.  Ni que fuera tan así...  

El caso es que nos metimos por las calles de Chueca buscando un sitio para cenar cuando, casualmente, me encuentro en Vázquez de Mella con mi querido Koeps. Tras echarme en cara que no le llamé avisándole que iba (tiene toda la razón del mundo, pero decidí dejarlo mejor para el sábado) me cuenta que precisamente iba con Alexander, El Castigador y unos amigos a cenar. Me señala hacia el grupo y bueno... bueno... el momento fue inenarrable.

¡¡¡¡Por finnnnnnn, conocí a mi BlogDios, mi musa, mi inspiración, mi ejemplo, mi imagen en la que reflejarme!!! Sí, sí, sí... ¡Alexander!. De Valencia. Carpediem...

Primero me saludó él muy cortés, alargando su brazo, con un correcto estrechar de manos que, al enterarse por Koeps de quien era yo en realidad, se convirtió en un entrañable abrazo. Ains, cuantos comentarios, cuantas historias compartidas, cuantos post leidos se me vinieron a la mente en ese momento...

Y claro, ahora viene la pregunta del millón, con voz de Perales ¿Y cómooooo es él?

Pues...

Ay chico, te vas a enfadar, lo se. Pero he de ser sincero. Ya sabéis como soy. De modo que tengo que confesar que es... tal y como lo imaginaba. Atractivo, divertido, simpático, ocurrente, se le ve buena persona, cariñoso... un cielo de niño, vamos.

Así que lo mantengo en el pedestal en el que le puse. Porque él lo vale.

Lamenté no poder disfrutar mas tiempo de su compañía (tan solo una cena muy agradable y divertida en compañía de todos los que acompañaban a Koeps y a la que Orlando y yo nos sumamos encantados) porque, al final, al día siguiente no pudimos quedar.

Aún así, con el poco ratito que estuvimos comprobé que no me equivoqué en nada de lo que imaginaba-presentía sobre él. Un chico al que merece la pena tener como amigo y no digamos como pareja, por eso iba acompañado del pedazo de periodista que tenía a su lado, y que me resultó majísimo.

Como encantador, y toda una sorpresa conocerlo, me resultó El Castigador. Otro cielo de niño. La foto que pone en su blog no le hace justicia. Es mucho mas mono, donde va a parar. E igual de simpático y encantador como refleja en sus posts. Tuvimos incluso nuestro momento de complicidad, durante la cena que compartimos todos en el Wagaboo, en torno a los abrazos y las almohadas. Y definitivamente me ganó. Otro cielo de niño, que se merece un pedazo de novio como el que seguro le va a llegar. Y esta vez de los que se merecen. Y al que verlo solo un ratito me supo, también, a poco.

Junto a ellos, mi querido Fran (tan divertido como siempre, y al que no veía desde que estuvo en casa en la Feria de Abril), que fue muy amable con Orlando informándole sobre el tema del alquiler de pisos en Madrid. Un amigo de Castigador muy majete y resultó ser de la misma tierra que el dueño de los ojos mas bonitos del mundo. El churri por aquel entonces de Koeps y una pareja amiga de Castigador también muy maja.

Una pena no poder irnos de copas con ellos. Pero nos teníamos que recoger temprano porque Orlando trabajaba al día siguiente. Y aún así ya era tardecillo. Apenas dormimos.

Me levanté con él para despedirlo con un besito y deseos de que le fuera bien, pero como era muy temprano me eché un ratito mas. Luego di un paseo por el centro. Comí en la pensión un sándwich (hay que ahorrar) y luego estudié un poquito.

Ya por la tarde disfruté de la compañía de Canalla y Espantapájaros, quien nos invitó a conocer su estupenda casa. Y por la noche, cena tranquila en el Vips. Como Orlando estaba muertecito, con tantas horas de trabajo encima, no consentí en irnos por ahí a tomar copas, aunque él insistiera en hacer el esfuerzo. Y como soy tan así, pues me empeñé en irnos a descansar y a "mimir", aunque yo no tenía nada de sueño.

El domingo nos levantamos tarde. Anduve algo pocho (me pasa siempre que he de despedirme, Orlando lo llama "manurregla") y en pocas horas vimos la zona de Puente de Vallecas para un posible piso, comimos en un Burger King, disfrutamos del chocolate del Cacao Sampaca, y al poco me estaba despidiendo hasta quien sabía cuando. Lo que me costaba decirle adiós...

Ya por entonces lamentaba que no sabría que hacer sin su "vaya tela...", sin su brazo cortándome a cachitos, sin su "Manuuuuu", sin su esfuerzo por decir -sin llegar a decir, en realidad, pero diciendo- lo que necesito oír...  

Ains... lo que me está costando recuperar estar parte de la antología.

Fue un fin de semana especial. Como me sentía... Como me hacía sentir...

Quizás por eso, a veces, surgían en mi los ojos vidriosos. Simplemente por la emoción de sentirme tan feliz. Y temer despertar y comprobar que todo esto no era mas que un sueño.        

Por pudor, y respeto, jamás sería capaz de plasmar aquí los momentos de intimidad que compartimos. Considero que es algo demasiado personal, y que debe quedar en el terreno de lo privado, aquello que solo comparten dos. Pero no sería por ganas de gritar a todos lo que me hace sentir. Sí puedo afirmar que me sienta muy bien. Me aporta serenidad, alegría e ilusión. Me hace feliz.

Y esto tenía que escribirlo.

De todas formas, Orlando me pidió que no comentara cosas personales, sobre cómo me hace sentir y lo que me aporta, aunque fueran positivas, porque las consideraba muy íntimas. Intenté, pués,  ser capaz de guardar ese delicado equilibrio que supone exponer sentimientos y vivencias en este diario indiscreto sin entrar en conflicto con su deseo y opinión. Mi obligación era respetarlos.

No se si por el biorritmo del otoño, el cambio de la hora, la falta de ejercicio obligada por una lesión leve, el plan de ahorro obligado que me obligaba a salir menos ¡con el verano que llevé!, el cercano aniversario del fallecimiento de mi madre, o la proximidad de mi cumpleaños (aggggggggggggg), pero me estaba costando horrores enfrentarme de nuevo a los estudios, y andaba algo apático.

De todas formas, estoy seguro que buena parte del estado de ánimo se debía a estar lejos de Orlando.

En apenas unas semanas, pudimos pasar otro finde juntos. Conocí su casa. Muy a su medida, algo alejada del centro de Madrid, pero me gustó. Como volver a ver a Alberto y Antonio. Compartimos una cervecita el viernes y cenamos los cuatro en el VIPS de Gran Vía el sábado. Mas tarde quedamos con Vulcano y Gatchan para tomar una copa por Chueca. Estuvimos primero en el Liquid, y tras la marcha de Alberto y su novio, en el Polana, donde bailamos hasta las seis de la mañana.

Al día siguiente no teníamos cuerpo mas que para perrear. Y por la noche fuimos a ver El orfanato. Nos encantó. Al día siguiente, aproveché que pasé la mañana solito, para comprar a Orlando una bufanda en el H&M. Mi detallito de todos los días 22 de cada mes. Tras comer por el centro, tomamos un cafecito con Koeps. Me gustó verlo, pero no tan apagadillo. Deseé que le fueran las cosas mejor.

Por la noche casi pierdo el tren. Me costaba tanto separarme de los ojos mas bonitos del mundo...

Sin embargo... esos días advertí algo casi inapreciable, pero que sentí muy adentro. No sabría explicar lo que era. Le pregunté si estábamos bien juntos y me dijo que sí. Pero me volví con una sensación extraña.

El corazón a veces sabe ver mas allá de lo que nos puedan mostrar nuestros propios ojos.