Caricias.

Fue el título de uno de los posts de los que guardo mejor recuerdo, de los publicados en anteriores armarios digitales que -según mis últimas noticias- jamás abrirán de nuevo sus puertas.

Por eso insisto en esta evocadora antología de presentación previa a posts de nuevo contenido. 

Caricias.

Es también el título de una película de culto de Ventura Pons, con una de las escenas más heavys que recuerdo con el actor y cantante Naím Thomas (sí, sí, aquel de la primera edición de OT) dando vida a un jovencito excitado al compartir un baño caliente con su padre y película donde se muestra una de las felaciones que más me han llamado la atención en el cine por la escena del espejo.

Caricias es el título de la obra de teatro de Sergi Belbel en la que se basó la película anteriormente comentada.

Es el título de un disco de Rocío Durcal.

Es el título de una canción de Amaury Perez.

Es un sobrenombre del suavizante Mimosin.

Y hasta un modelo de mochila en cartón de Ediciones Saldaña.

Pero hay más caricias...

El psiquiatra E. Berne, llamó caricia a todo hecho o dicho que implique el reconocimiento de la presencia de otro: positiva o negativamente, ya que no hay cosa peor que la indiferencia.

Las caricias son como un alimento psíquico, indispensable para la supervivencia emocional.

El tacto es uno de los sentidos menos contaminados por la memoria. Y sin embargo, nos tocamos muy poco.

Algunos médicos incluso llegan a afirmar que la neurosis por falta de contacto corporal es uno de los males de nuestra cultura.

El masaje, la caricia en la piel con las manos, es una de las formas más bellas de demostrarnos mutuamente lo que nos queremos, pero también es una forma excelente de despertar el sexo o de bajar las barreras que impone la vergüenza.

A mi me encanta acariciar. Y me gusta que me acaricien.

Desde niño he sido lo que llaman "coscón", es decir, pueden llevarse años tocándome, rascándome, acariciándome... el pelo, la piel, el alma... que no me canso.

Y así me llevaría yo también el tiempo que hiciera falta, hasta borrar mis huellas digitales.

Caricias al tacto y caricias de miel, con los labios, con la lengua, con los dedos, con las palmas de la mano, con las uñas, con los pies, con el pelo, con el pene, con todo el cuerpo, con el mas profundo ser... Cualquier lugar es bueno, pero la intimidad ayuda, y la penumbra también. Aunque reconozco que disfruto viendo (y oyendo) el placer que mis caricias llegan a provocar.

Sentirse así es tan agradable...

Sin prisas. A dos, que las caricias en uno son placenteras pero mas aburridas.

Relajarse y dejarse llevar.

Quizás un aceite a mano. Y lo necesario para el después. Porque la caricia está a un paso del masaje erótico. Y este a un tris de hacer el amor...

Música suave y luz indirecta.

Aprender a acariciar practicando. Y a dejarse acariciar.

En el límite con las cosquillas. En la frontera del deseo. Pero sin centrarse en las zonas erógenas del cuerpo. Al menos no al principio.

Hay infinidad de puntos sensibles que hay que ir descubriendo, desvelando, a veces por sorpresa y otras con convencimiento.

Paseos por la nuca y el cuello, las orejas, la nuez, la espalda, la cabeza, el cabello, las yemas de los dedos, las muñecas, la mano entera, los párpados, la mejilla, la barbilla, la nariz, los labios.

Mmmmmm...

Me apoyo en su hombro, siento como respira, mi aliento acaricia el suyo. Ternura... bordeas las axilas y la parte interior del brazo. Repeluz.

Dibujas círculos y trazos. Efervescencia en la piel.

En el borde del éxtasis... viajas abajo.

Los hombros, el pecho -una cabeza apoyada que escucha o se deja sentir-, la barriguilla, el ombligo y su parte baja, la base de la espalda, el costado, el vientre, las nalgas, el hilo de vello que surcan tus dedos, el mar de lametones de un profundo sur, y vuelta a subir.

Te pierdes en los pezones. Caricias de tu agua viva. Chupeteas y lames. Despiertan los dientes. Y un ay desesperado te enerva. Hormigueo de excitación.

Mordisquear. Morder. Castigar. Dejarte caer. Suave acariciar de nuevo. Pellizcos. Cariñitos. Tomar la manos. Apretar hasta hacer daño. Calor y deseo.

Eres capaz de los mas dulce y de los mas cañero.

Querer y sentirse querido. Acompañado. Acariciado.

Bajar y subir. Volver a bajar.

Al alza latido y espada. Curvas de felicidad. Tacto suave. Conexión eléctrica.

No puede mas. 

Paras y descansas.

Momentos recíprocos o protagonista absoluto. Es cuestión de gustos.

Caricias físicas, verbales, orales, gestuales, y hasta escritas.

Leer el cuerpo del otro, interpretarlo, traducirlo. Entenderte con él, hacerte él...

Miradas. Suspiros.

Las espadas no bajan. Y sigues tu camino.

Hablamos con el cuerpo.

Juegas al escondite con lo mas grande. Pasas apenas sin detenerte, mirando de reojo, y piensas "ahora vuelvo". Y desciendes.

Conoces la zona interior de los muslos, tras las rodillas, las piernas todas, los pies enteros, las ingles, las nalgas. Sensualidad.

Palmadas en el trasero. Buscas en hueco y te haces sentir. Pellizcos al alma. Muerdos...

Uff.

Te levantas por completo.

Peeting, cual adolescentes. Besos, caricias, roces, frote entre sí, con o sin ropa, hasta el cielo... Sensación de euforia, segregación de endorfinas y de lo que haga falta. Eres capaz de todo.

Abrir y cerrar de manos, de brazos, de piernas, de cuerpo.

Y las caricias cumplen 18 años.

Y llega la presión de la mano, tras el olor, tras el calor, tras el beso, hasta aquel que ibas a volver a ver.

Tocas su piel. Arde. Ardes.

Movimientos. Ritmo. Cadencia. Suavidad.

Aleteo de lengua. Entronque. Englande. Entesticulo.

Aceleras. Te detienes. Jugueteas.

Succión.

Intercambio de manos y boca.

Y descubres. Y lo cubres. Y te encumbras.

Intensidad y clímax.

Gestos y respuesta.

Y después, te dejas caer a su lado, hipnotizado en medio de su respiración agitada, y le rozas levemente, y acaricias con timidez.

Y le esperas.