Mi primera vez con un chico....
Fue un asiduo lector al que agregué a mis contactos por lo majo de sus correos. Un día acabamos coincidiendo. Tres horas y media hablando. Primero por el MSN y luego por teléfono. Hacía años que no me encontraba tan a gusto charlando con alguien. Mas o menos de la misma edad, una voz que inspira confianza, complicidad, afinidad, empatía...
Quedamos en vernos.
El armario abría sus puertas.
Tras estar juntos... no sabía ni como expresarlo. Fue tan increíble.
"Tiemblo, sonrío, mi respiración está agitada, hacía tanto que no me sentía así.... como con el primer beso, como la primera vez. Me siento un adolescente a punto de descubrir la fuente de la vida. No tengo palabras para decir como me siento. ¡Dios! ¿Que me está pasando?...."
Finalmente literalicé las sensaciones mas intensas que jamás había llegado a notar, dejándome llevar precisamente por la huella que aquella primera vez dejó en mis sentidos...
"A veces siento que mi vida se acompaña de una banda sonora, como en las pelis. Ennio Morricone para despertar el día y saludar al sol, Michael Nyman para la rutina diaria en el trabajo, John Barry para la siesta, John Williams para el sol de media tarde haciendo las faenas de la casa, Alberto Iglesias ante el post del blog de cada día, Batuka latino para el gym, Gustavo Santaolalla para la piscina, Ennia para el relax, Jerry Goldsmith para la noche, Joni Mitchel para el mejor momento, Alejandro Fernández para los bajones, Luis Miguel para recordar, una respiración entrecortada (que no se va) para derramar lágrimas, sus gemidos para cerrar los ojos...
A veces siento que mi cuerpo aspira los olores del acontecer diario, como cuando al volver de la playa hueles a mar y sal. El gel de la ducha, el desodorante que no huele pero te huele bien, la Mont Blanc de antes de salir, el aroma del café para espabilarte, del chicle de fresa ácida de media mañana, del tabaco de los que no pueden fumar en el curro pero sí lo hacen en el baño del curro (que es el mismo olor de la disco de por la noche y el de tu pelo al día siguiente de ir a bailar algo), el sudor que asola el interior del autobús al volver a casa tras el trabajo, de nuevo el del gel de ducha, del recuerdo a alhucema y cisco, a leña ardiendo, a cera derretida, al de la ropa recién lavada, al del pelo y la ropa de mi madre, el del azahar que despunta al pasear en busca del sol de la tarde, el del sudor del gym, el del cloro de la piscina, el incienso de la tetería, las flores de cada quince días, el de su colonia, y ese otro olor que te acompaña después de hacer el amor...
A veces siento que mis ojos son pilas que se cargan cada día, con la luz del sol, con la sonrisa de un bebe recién despierto, con una mirada furtiva de otro chico, con la belleza de una joven que se ha puesto guapa, con las letras de los posts y los comentarios de los amigos, con una buena película, con una fotografía que te trae recuerdos, con el suculento plato bien preparado, con los sueños al cerrarlos, con la vela que enciendes, con el sensual espectáculo de un cuerpo desnudo, y con el encuentro de unos ojos que apenas son visibles en la penumbra...
A veces siento que la vida sabe... como tu nombre, a hierba, y a café y tostadas, a caramelo y regaliz, a problemas en el trabajo (mal sabor), a miedos (me sabe mal) a satisfacciones (bien me sabe), a cerveza y ensaladilla, a coca cola fresca, a un exquisito almuerzo, a una cena romántica, a fruta fresca y frutos secos, a chocolate amargo, a un vino con solera, a un café con tarta, a cava, vino dulce y cubata, a cacao, a barra de labios, a chicle y piruleta, a besos, a más besos, a un paraíso que no te cansas de recorrer con tu lengua...
A veces siento que me faltan dedos para tocar el cielo, para alcanzar las nubes, para llegar al fondo, para acariciar el pelo, para escribir, para crear con mis manos, para hallar el punto clave, para consolar a tiempo, para acompasar un ritmo, para apretar fuerte otra mano, para reafirmar un abrazo, para dejarlo limpio, para palpar a oscuras y rozar tu piel más tiempo...
En ocasiones veo... vivos.
Vivos momentos para vivir y recordar. Un hablar y no cansarte, una inesperada foto, una sonrisa al aparcar el coche, un beso fugaz semiescondido, un lecho sencillo de sueños que se hacen realidad, un roce de manos al conducir, una reserva de hotel, un beso de despedida, un "no te enganches"...
Debí hacerle caso, pero... ¿quien es sensato en momentos como ese?
Leí una vez en un blog cierta referencia a una novela sobre dos amantes durante la Segunda Guerra Mundial. "-Este año hemos vivido diez días. No está tan mal, ¿no crees? Hay gente que no vive un solo día desde que nace hasta que muere".
Con aquel importante primer paso de estar con un chico tuve la impresión de que había vivido por primera vez. Que lo de antes era otra cosa, un sobrevivir quizás, o un pasar la vida por alto... no se. Pero vivo, vivo, como me sentí entonces fue un estado emocional y vital que acababa de descubrir. Y me encantó.
Considero que incluso aquellos con la carga de la duda, de la culpa, del dolor, del desamor, del desánimo... llegan a estar o sentirse vivos, al menos durante unos momentos. Momentos vivos durante la unión, durante el calor, durante el sudor, durante el abrazo, el roce, el beso, el cariño... el mirar a los ojos, el dejarse llevar...Momentos vivos. Lástima que luego la carga les impidiera seguir así. Vuelta a sobrevivir, a pasar por alto la vida.
¿Llegué a enamorarme? No lo se. Le quise.
Me enamoró ver que a pesar de la carga hay quien te empuja a ti para disfrutar de los vivos momentos y me enamoró saber que los "durantes" son compartidos. Me enamoró haberme dado cuenta de que arriesgarse a veces es muy bueno. Me enamoró un día de playa incluso con niebla o nubes. Me enamoró incluso ser un problema, y eso que odio ser un problema.
Cuando era un chavalín hubo ciertas sospechas en la familia sobre mi sexualidad tras despistarme y dejar a la vista ciertas revistas pornos de contenido bisexual.
Cuando fueron encontradas estalló la guerra. Disgustos, llantos y malas caras desde las filas paternas y un "Si tienes algún problema puedes hablarlo conmigo..." desde la trinchera fraternal.
De modo que yo era un problema.
Era un problema porque me masturbaba viendo fotos en las que dos buenorros se penetraban mientras uno de ellos acariciaba los genitales a una mujer. Y claro, debía serlo también porque pensaba en chicos al hacerlo, porque en el colegio me gustaba apoyar el brazo en la pierna del compañero de pupitre, por cosas así...
Nunca me había visto como un problema. Sabía (más bien por un sexto sentido de protección innato) que lo que me gustaba o atraía no estaba bien visto por ahí. Pero no me inquietaba, ni preocupaba. Salía de forma natural y simple. Hasta que me enteré de que podía ser un problema.
Porque cuando me plantearon "si tenía algún problema", por aquello que encontraron, no se dieron cuenta de que "aquello" no era mas que la expresión de un yo.
Osea, que el problema no era aquello sino que lo era yo.
Inmediatamente pensé en las matemáticas, que para mi sí que fueron un auténtico problema. Tengo que confesar que las odio profundamente -un día de estos hablaré de esos odios que nos rodean- y el simple hecho de ser algo que pudiera crear en mi o crear en alguien la misma sensación de dolor que las matemáticas me hacían sentir ... me traumatizó.
El dolor impotente de no saber, no entender, no ser capaz de desarrollar, no encontrar solución, perderte, agobiarte, desesperarte -año tras año- el contenido de algunas asignaturas (sobre todo de ciencias o idiomas) durante la adolescencia-juventud puede ser tan profundo que un problema así marca para siempre.
De modo que si las matemáticas eran para mi un auténtico problema, y yo tenía-era, según mi familia, un problema... Por primera vez me sentí mal por ser como soy. Por tener-ser un problema.
Y a continuación comenzó a rondar en torno mío el sentido de culpabilidad.
Y yo nunca quise ser un problema. Ni para mi ni para nadie. Tampoco quiero sentirme culpable. En realidad me hubiera gustado ser capaz de hacer que desapareciera el sentimiento de culpabilidad. Para mirar a los ojos de aquel primer chico y no ver el puntito de tristeza que vislumbraba tras decirle "te quiero".

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